Después de tal inverosimilitud, viene la más grande y fenomenal de todas las de aquel día. Esta sí que es gorda. Estoy seguro que nadie que me lea tendrá tragaderas bastante grandes para ella; pero yo la digo, y protesto de la verdad de su mentira con toda mi energía. Pásmese el que aún tenga fuerzas para pasmarse. El absurdo es que aquel día doña Cándida me sacó dinero. ¡Se comprende que su peregrino cacúmen hallara trazas y su audacia valor para pedírmelo; pero que yo se lo diera!... ¡Si me resistía yo mismo á creerlo, aunque me lo comprobaban con su elocuente vaciedad mis apurados bolsillos!... Ello fué, no sé cómo, una emboscada, un lazo, un secuestro. Las circunstancias hicieron gran parte, mi debilidad lo demás. Renuncio á detallar el hecho con pormenores que suplirá el buen juicio de los que al leer se espeluznen considerando que pueden verse en trotes semejantes.

Al retirarme la noche anterior, la noche fatal, prometí volver. No lo hice, porque después de las confianzas de Peña me había entrado cierta repugnancia de aquella casa y de sus habitadores. Fuí cuando fuí, por un vivo ímpetu de mi conciencia. Padecí mucho cuando se me presentó Irene, cuya vista renovó en mí las turbaciones pasadas: pero ya entonces tenía yo en mi espíritu fuerza poderosa con que ocultarlas. Ella estaba completamente desmejorada, repuesta ya de la fiebre, pero sufriendo sus efectos, y yo me preguntaba confuso: ¿La debilidad y la pena aumentan su belleza, ó la destruyen casi por completo? ¿Está interesantísima, tal como el convencionalismo plástico exige, ó completamente despoetizada? El desquiciamiento que había en mí era causa de que por momentos la viese en el primer concepto, por momentos en el segundo. Cuando me saludó, su voz temblaba tanto, que casi no entendí lo que me dijo. Vergonzosa y cohibida, se sentó junto á mí y se puso á revolver una cesta de costura mientras yo me informaba de si había subido Miquis y de lo que había prescrito. Doña Cándida caracoleaba junto á los dos, ferozmente amable. Con la frescura que tan bien cuadraba contra ella, le dije:

—Ahora me va usted á hacer el favor de dejarnos solos á Irene y á mí, que tenemos que hablar. Estése usted por ahí fuera todo el tiempo que guste; cuanto más mejor.

—¡Qué cosas tienes!... abur, abur. No quieres estorbos...

Y se fué riendo. Irene y yo nos quedamos solos en el gabinetito donde había muchas cosas en desorden, y otras como arrinconadas en forma condenatoria. Miré todo aquello; después, alzando los ojos á la vidriera del balcón, ví un canario en bonita y pintoresca jaula.

—Ese es obsequio especial de D. José á mi tía—me dijo Irene, buscando en la conversación corriente un fácil medio de hablar sin turbarse.

—¿Y usted, qué tal se encuentra?—le pregunté, como hacen estas preguntas los médicos.

—Regular... perfectamente...

—¿Cómo entendemos eso? ¡Regular y perfectamente!

—Es bonito este canario... si lo oyera usted cantar...