—Aquí el despacho; la librería en este testero; allí la cama del señor de Manso, bien resguardada del aire y lejos del ruido de la escalera; acá el lavabo. Voy á ponerle tubería con grifo para más comodidad... Asomémonos. Estas sí que son vistas. Así, cuando usted tenga la cabeza pesada de tanto estudiar, se asoma al mirador y se traga con los ojos todo el Retiro. Desde aquí puede mi señor catedrático hacerle el amor á la ermita de los Ángeles que se ve allá lejos, y discutir á bramidos con el león del Retiro...

La verdad era que yo estaba profundamente agradecido á mi cariñosa y providente vecina. No pude menos de manifestárselo así... Pero en cuanto tocaba, aunque de soslayo, la temida cuestión, ya estaba la señora hecha un basilisco. No obstante, al día siguiente encontréla más amansada. Ya no decía: la maestra de escuela, sino esa pobre joven... Por la tarde, cuando la señora y sus criadas estaban arreglando mi cuarto, volví á la carga y me dijo sin irritarse:

—Es usted más sobón... Lo que usted no consiga con su machaca, machaca, no lo consigue nadie... Pero no, no me dejo engatusar... No hablemos más de ello. Si sigue usted, me vuelo...

—Pero, señora...

—Callarse la boca. Si me enfado, cojo el zorro... y por la puerta se va á la calle.

Me amenazaba con echarme de mi propia casa. Y parecía que había tomado posesión de ella, mirándola como suya, y disponiendo de todo á su antojo. No podía quejarme, porque con pretexto de la enfermedad de Petra, que estaba medio baldada, doña Javiera y sus criados habían puesto mi casa como el oro. Nunca había visto en derredor mío tanto arreglo y limpieza. Daba gusto de ver mi ropa y mis modestos ajuares. En varias partes de la casa, sobre la chimenea y en mi lavabo, sorprendí algunos objetos de lujo y de utilidad que no me pertenecían. La señora de Peña los había subido de su casa, obsequiándome discretamente con ellos.

Á medida que su amabilidad me proporcionaba nuevas ocasiones de complacerla, disminuían sus voladuras con motivo de la licencia, y al fin tuve tal maña para agradarla y complacerla, ora dándole dictámen sobre sus aprestos de lujo, ora dejándome cuidar y atender, que una tarde me dijo:

—Para no oirle más, Mansito... que se casen... Lo que usted no consiga de mí... Tiene usted la sombra de Dios para proteger niñas.


XLVII