Retiréme. Algo me daba que pensar aquel humorismo de Irene, un poquito desconforme con la seriedad y mesura que yo había observado en ella; pero reflexionando más, consideré que este fenómeno contingente no alteraba el hecho en sí, ó mejor dicho, que un desentono pasajero y accidental no destruía la admirable armonía de su caracter.
Era ya hora de abandonar la reunión; pero Cimarra y mi hermano me entretuvieron, dando una batida en toda regla á mi modestia para que consintiese en ser hombre político y en lanzarme con ellos por la única senda que conduce á la prosperidad. Yo me resistí, alegando razones de caracter, de conveniencia y de ideas. Cimarra me aseguraba que era posible facilitarme la entrada en el Congreso, arreglándome uno de los distritos que estaban vacantes. Ya José había hecho algunas indicaciones al ministro, el cual había dicho: «¡Oh! sí verdaderamente...» Mi hermano se prestaba benévolo á arreglar la incompatibilidad de mis ideas con el régimen oligárquico que hoy priva, y me incitaba con empeño á ser hombre verdaderamente práctico y á abandonar de una vez para siempre las utopias y exageraciones, buscando en el ancho campo de mi saber una fórmula de transacción, una manera de reconciliar la teoría con el uso y el pensamiento con el hecho. De la misma opinión era el marqués de Tellería, que se hallaba presente, encarnizado enemigo de las utopias, hombre esencialmente práctico, y tan práctico que vivía á costa del prójimo; santo varón que llamaba logomaquias á todo lo que no entendía. Este señor me dió después un solo, adulándome mucho y diciéndome, en conclusión, que los hombres como yo debían consagrarse á defender los intereses de las clases productoras contra las amenazas del proletariado, las creencias venerandas de nuestros mayores contra la irrupción de la barbarie libre-pensadora, y las buenas prácticas de gobierno contra los delirios de los teóricos. Yo ocultaba con frases de cortesía el desprecio que me merecía este sujeto, á quien de oidas conocía desde algunos años atrás por lo que me había contado su yerno y mi amigo León Roch. Al soltarme, me dijo:
—Le voy á mandar á usted un folletito que he hecho, donde están todos los discursos, todos los incidentes que motivó la proposición de ley que presenté al Senado sobre la vagancia. Me hará usted el favor de leerlo y decirme su opinión imparcial...
Manuela, que se enteró de que me querían enjaretar la diputación, no me ocultaba su gozo. Pero no le cabía en la cabeza mi resistencia á entrar por las vías políticas, y riñéndome por mi caracter retraido y mi amor á la vida oscura, me decía:
—Pero chinito, no seas jollullo.
XIX
El reloj del comedor dió las ocho.
Haciendo el cómputo que el desorden de los relojes de aquella casa exigía, resultaba que las ocho campanadas marcaban las tres. ¡Qué tarde! Retirarme yo á casa á tal hora me parecía un absurdo, una chanza, un criminal secuestro del tiempo. Me ví como figura de pesadilla, ó como si yo fuera otro y con ese otro estuviera soñando en la plácida quietud de mi cama. Salí. La somnolencia me producía síntomas parecidos á los de la embriaguez. Cuando fuí al comedor para tomar un vaso de agua ví con asombro que aún había luz en el cuarto de Irene. El rectángulo de claridad sobre la puerta atrajo mis miradas, y breve rato estuve clavado en mitad del pasillo.—«Pero, ¿no me dijo usted hace dos horas que tenía mucho sueño y que se iba á dormir en seguida?» Esto no lo dije en voz alta. Hice la pregunta de espíritu á espíritu, porque dar voces á aquella hora me parecía inconveniente. ¿Rezaba? ¿Qué hacía? ¿Leer novelas? ¿Devorar mis obras filosóficas...?
Bebiendo agua me tranquilicé sobre aquel punto. En verdad, yo era un impertinente exigiendo un método imposible en los actos de Irene. ¿Qué tenía de particular que apagase la luz dos horas más tarde de lo que había dicho? Podía ser que estuviera cosiendo sus vestidos, ó preparando las lecciones del día siguiente... ¡Las tres y media!... ¿Cuántas horas dormía aquella criatura, que se levantaba á las siete? ¡Deplorable costumbre la de calentarse el cerebro en las horas de la noche! ¡Oh! Yo haría cumplir en mi familia con estricta rigidez los preceptos de la higiene.