En el portal se me unió Peña. Embozados, acometimos el frío glacial de la calle.
—Maestro, ¿se va usted á su casa?
—Desalmado, ¿á dónde he de ir? Y tú, ¿á dónde vas?
—Yo no me acuesto todavía. Es temprano.
—¡Es temprano y van á dar las cuatro!
Andando á prisa, le eché una filípica sobre el desarreglo de sus costumbres y la antihigiénica de hacer de la noche día, motivo de tantas enfermedades y del raquitismo de la generación presente. Él se reía.
—Por respeto á usted, maestro—me dijo,—voy á acompañarle hasta casa. Después me voy á la Farmacia.
—¡Y tu madre esperándote, desvelada y llena de temores! Manuel, no te conozco. Parece mentira que seas mi discípulo.
—Buen barbián está usted, maestro... ¿Pues no se retira usted tan tarde como yo? En un metafísico eso es imperdonable. ¡Si está usted hecho un gomoso!... Concluirá usted por ir á la cátedra antes de acostarse y presentarse de frac ante los alumnos. ¡Cómo cunde el mal ejemplo!...
Sus bromitas me desconcertaron un poco; pero no quise ceder.