—En las transiciones saca una voz de vieja...
—¡Muy bien, muy bien!
Todos aplaudimos al final, rompiéndonos las palmas de las manos. De las localidades venía un rumor de aplausos que parecía una tempestad. De pronto en el círculo amistoso, que se había formado alrededor de mí, apareció Manuel Peña con las manos en los bolsillos y el sombrero echado atrás. Parecía un libertino que salía de la ruleta.
—Hola, perdis...
—Maestro, dichoso usted que está tranquilo.
—Y tú, ¿tienes miedo?...
—¿Miedo?... Estoy como el reo en capilla.
—¿Sobre qué vas á hablar?
—Sobre lo primero que me ocurra.
—¿No has preparado nada?