Bendito y descansado oficio era el de pastor, y así lo declaraba Gil ante sus compañeros, con los cuales vivía en santa paz, sin que la buena concordia se rompiese ni alterase por un sí ni por un no en largos días. Conducir el ganado de una parte a otra dentro de términos extensísimos, aprovechando estas hierbas y dejando descansar las otras; dormir en el chozo o a su vera, según el tiempo; comer donde más les placía migas, sopas, o el frite de oveja o cordero; saber las horas por el sol, y de noche por las estrellas; saber del mundo lo poco que les llegaba, migajas del acaecer y del opinar traídas por el viento de vagas voces, era en verdad la mejor vida para llegar a viejo. Entretenían los pastores sus ocios refiriendo consejas, o narrando cada cual su propia leyenda, no siempre sencilla ni tejida en telares bucólicos. Los que habían servido al Rey contaban militares valentías, y hazañas amorosas con niñeras y amas de cría.

Uno de ellos, Rodrigacho, que había sido monaguillo muy travieso, contó su fuga de la iglesia y lugar de Cuérnagos, por haberle echado pica-pica al cura cuando estaba sentadito en misa de tres oficiantes. Tuvo que salir a espetaperros, huyendo de la paliza que quiso darle el sacristán, y corrió tanto, decía, que en cada tranco que daba, un pie perdía de vista al otro... En su medrosa carrera no paró hasta Vigo, donde quiso embarcar para la Habana; pero no pudo colarse de polisón, que era su ardiente anhelo, y al cabo de mil penalidades, sirviendo a gente de mal vivir, se vino a tierra de Salamanca con unos hombres que conducían dos toros padres venidos de Inglaterra. Arreglose con el amo de estos entrando en los ejércitos de la ganadería, pues en los de Rey no sirvió, por ser hijo único de viuda.

No faltaban en la majada horas de aburrimiento, que Blas y Sancho sorteaban labrando cucharas de boj. Casados y solteros no tenían las mismas añoranzas de la hembra lejana. Sancho, que dejó a su pastora en Micereses, la echaba muy de menos; Rodrigacho, que tenía su Filis en Pocilgas, partido de Alba de Tormes, habría querido tenerla a mayor distancia; Mingo, que hablaba con una viuda de Cantimpalos, apenas se acordaba de ella, y Blas solía cambiar de Galatea en el ir y venir de la trashumancia. Cuando a Gil le tocaba bajar por víveres a Torrecilla de Cameros, ponía en juego todas sus artes de seducción para proporcionarse una conquistilla. A pesar de las prisas de recadista, estuvo a punto de lograr sus deseos, capturando a una moza garrida que cuidaba cabras a media legua del pueblo. Naturalmente, la cortedad del tiempo no le permitía rematar su aventura. Diéranle más desahogo, y a la majada se llevaría la pastora y sus cabras. Contando sus apuros a Blas, el muy socarrón le decía: Amor fino y buena mesa, no quieren priesa.

Con sus lentas horas y su apartamiento del mundo, la vida pastoril era para Tarsis la más grata forma de encantamiento. Pero de súbito se torció el destino del caballero hacia una situación desconocida. La causa de esto fue que el ganado pasó de la propiedad de los Gaytanes a la de los Gaitines, establecidos en Soria y Cameros. Ya se lo maliciaba Sancho. Nunca pudo explicarse trashumancia de tal extensión en estos tiempos sino por venta o cambalache. En efecto: Gaytanes y Gaitines hicieron escritura, por la que estos vendían a los otros tierras con que querían redondear su latifundio, y aquellos entregaron a los cameranos sus ovejas, y a más una suma en metálico. El administrador, que subió al monte a notificar el cambio de propietario, propuso a Sancho quedarse de rabadán; pero no quiso aceptar y se fue a Micereses. Blas y Rodrigacho desfilaron también; Mingo se quedó, y a Gil se le llevaron a Torrecilla por expreso encargo del nuevo dueño, que ofrecía darle colocación más activa y de más lucido jornal.

Entraba, pues, Gil en otra etapa villanesca. La transformación empezaba por el cambio de costumbres y ropa. Regaló montera y zahones a Mingo; conservó su calzón de estezado y alguna otra prenda pastoril. Con lo que se llevaba compuso su hatillo bien asegurado en un pellejo con fuertes correas, y echándoselo al hombro partió para Torrecilla. El administrador de los Gaitines no le detuvo más que el tiempo preciso para un corto descanso, comer, comprar zapatones, tabaco y un par de camisas, y le expidió, en compañía de dos hombres, al lugar de su nueva colocación. Al llegar a Logroño se les facturó en ferrocarril a la estación de Alfaro, desde donde irían a su destino en carros o caballerías. En el trayecto de tren acabó Gil de enterarse del trabajo en que había de emplear su encantada personalidad. Era la explotación de una cantera próxima a la villa de Ágreda. Los señores Gaitines, contratistas de un camino real entre dicha villa y Tarazona, habían establecido la extracción de piedra en la falda de un monte, de los que sirven de estribo y contrafuerte al excelso Moncayo. Uno de los acompañantes de Gil iba de listero, el otro de barrenador. Por ambos supo Gil que ganaría jornal de once reales. Del tren partieron en mulos hasta Grávalos, donde descansaron medio día, y al siguiente dieron con sus molidos cuerpos en la ibérica Ilurci, que los romanos llamaron Græcuris, nombre que, pasando como canto rodado por bocas de godos, árabes y cristianos, vino a ser Ágreda.

A corta distancia de la villa, y casi tocando al trazado del camino real, estaba la cantera, llaga enorme abierta en el costado de una dura montaña, dejando ver la tierra como sangre y las piedras como desmenuzados huesos. Desde lejos se veía la inmensa herida, y el espectador se condolía del desdichado monte, imaginándolo víctima de una bárbara labor quirúrgica, levantada en gran parte su hermosísima piel verde, deshecha por el hierro su carne, y todo en pedazos mil, y todo cayendo y rodando en piltrafas sanguinolentas como los despojos de un anfiteatro... Pero cuando el espectador se acercaba, ya no sentía lástima del monte, sino de los que en él trabajaban, bajo un sol ardiente, gateando en el áspero declive. Los unos taladraban la peña con poderosas barras, los otros recogían los pedazos dispersos por la explosión, despeñándolos por la pendiente, hasta que los peones los partían y cargaban las carretas. Era un trabajo de gigantes: algunos, desnudos de medio cuerpo arriba, mostraban admirables torsos y brazos de atletas formidables; otros, agobiados de fatiga, se doblaban por la cintura, contenían el gemido para poner toda su alma en el esfuerzo, sacado a tirones angustiosos de las más hondas flaquezas.

Entró Gil en el trabajo de la cantera con cierto brío, estimulado por la ganancia, por la emulación, por algo de grandioso que veía en aquel luchar al aire libre con lo más duro que existe: la roca. Noble era el arado; mas la barra y su manejo agrandaban y hermoseaban la humana figura. Desplegó, pues, sin tasa en los primeros días su vigor muscular, y aparentaba despreciar la fatiga. Toda su admiración era para Cristóbal, con quien había venido de Torrecilla, trabajador incansable, no desprovisto de cierta elegancia en los acompasados movimientos con que taladraba la piedra, sosteniendo el ritmo. Atizaba más fuerte a medida que el agujero iba más hondo. La piedra caldeada por el hierro, a este entregaba su seno endurecido por los siglos.

Marchaban los trabajos con regularidad intensa, inflexible. El capataz, hombre muy serio, envarado de autoridad, no permitía distracciones, ni descansitos, ni palabras ociosas. Llamábase José Mantecón, y ponía gran empeño en mostrar un genio absolutamente contrario a su apellido. Cuando llegaba el momento de los tiros, gozaban todos de un corto descanso. Se cargaban los barrenos, se encendía la mecha que había de prender el cartucho, y a correr la gente para ponerse al resguardo de la explosión. Diseminados alegremente, cada cual elegía el burladero que estimaba más seguro. El estruendo de la terrestre artillería, la conmoción del suelo, el humo, el volar de los cantos, traían un momento de alborozo. Los pedazos de piedra caían como proyectiles perdidos, mostrando en sus caras interiores, calientes, la virginidad de la roca. En esta función de los disparos, permitía el capataz a los trabajadores el recreo de un cigarrito, golosina de holganza que les alentaba para volver al trabajo de barrenar, descantillar, y al arrastre y carga en los carros. Gil no desmayaba, y se mantenía siempre en el término estricto de sus obligaciones. Un día, por ausencia de Cristóbal, que faltó por enfermedad, dio un par de barrenos no inferiores a los del maestro. Con frase áspera, el capataz declaró bueno el trabajo, sin ablandarse a prometer ascenso. El sol ardiente de aquel día, bastante a derretir el apellido de Mantecón, hizo más duro su carácter.

Los sábados cobraban puntualmente, mitad en plata, mitad en calderilla; los domingos, después de trabajar medio día, se iba cada cual a su descanso o esparcimiento. Gil vivía con otros en un parador abandonado, cercano al pueblo; dormían en el suelo sobre improvisados lechos de paja y mantas. Mujerona feísima, mas no puerca ni haragana, regía la casa. Regañando a toda hora, era diligente, gobernosa, y a los trabajadores servía muy a punto sus comidas y cenas. Los días festivos, Gil se lavaba y acicalaba, y presumiendo de guapo se ponía su calzón estezado, su blusa limpia, su faja negra, y con la boina ladeada, el cigarrito en la boca, pañuelo en la faja, en el bolsillo del pantalón los dineros que sonaban al andar, se iba al sitio de recreo del pueblo, un extenso prado que llaman la Dehesa. Dábanle amenidad una umbrosa alameda por la parte próxima al río Queiles, y en la cercanía del monte, encinas, álamos y tilos en grupos, a cuya sombra manaba una riquísima fuente. La Dehesa era la gran atracción de Gil los domingos por la tarde. Allí acudían las muchachas del pueblo, y armaban bailes tremendos, con brincos o agarraos, conversaciones vivas, carcajadas y chillidos, bullanga de música, ya por lo serrano, ya por lo aragonés. Mozas había muy lindas, de silvestre ingenuidad las unas, otras ladinas y escamonas, en guardia siempre contra el hombre, fortificada su honestidad por la espesura de sus refajos.

Gil no paraba en toda la tarde de atontar al mujerío con su charla donosa, bailoteando jotas y seguidillas hasta más no poder. En ninguna sociedad de las que conoció en su vida de caballero se había divertido tanto. Era su compañero inseparable otro mozo de la cantera, guapín, despierto, medio aragonés y medio navarro, llamado Juan Ablitas, el cual galleaba y se ponía moños por haber traído a su redil a una jovenzuela graciosa, sobrina de un cura, que desde el primer día de conocimiento en la Dehesa le hizo entrega de su albedrío. La chiquilla se escapaba por las noches al encuentro del galán, y a más de obsequiarle con favores de amor, le regalaba bodigos de los que su tío el buen párroco copiosamente recogía. Son bodigos los panecillos de flor que se llevan a la iglesia, y cual ofrenda se añaden a los cirios en el sufragio por los difuntos. Volvía por la noche Juan junto a su amigo, y dándole un panecillo, con hinchada fatuidad le decía: