—Toma, Gil, uno de los bodigos que me ha traído la mía, y confiésame que conquista como esta no la has hecho tú, ni la harás en tu pindonguera vida.

Comía Gil el panecillo, y no se cuidaba de abatir la petulancia del tenorio agredense don Juan Ablitas. Sucedió que a los pocos días de esto supieron los amigos, por una de las mozas, que el cura olfateó la sustracción de los panes, y cogiendo a la muchacha, sobrina o lo que fuera, con pellizcos y pescozones la puso en la apretura de vomitar sus pecados, y a lo último echó el más feo de todos, que fue dar los bodigos a un chico de la cantera. Desde aquella hora nefanda, Juan y Gil no volvieron a ver el pelo a la moza, y en esto, llegado el domingo, Ablitas, escupiendo por el colmillo y apretándose la faja, dijo que no pensaba ir a la Dehesa, ni estaba en vena de divertirse... Para que se viese que era un hombre, se plantaría en la iglesia mayor del pueblo, o en sus inmediaciones, hasta encontrarse con el cura y darle cuatro morrás como para él solo...

No trató Gil de disuadir al tenorio retador, y se fue solo al paseo. Vio grupos de chicas; pero al llegarse a ellas, un estímulo fisiológico le llevó hacia la parte del monte, donde a la sombra de unas encinas y al arrimo de peñas musgosas, secreteaba consejas el chorrillo de una fuente. Como a veinte pasos del agua vio que de la fuente venía una gallarda moza con un cántaro lleno cogido por el asa. Cuando llegaron uno frente a otro, Gil lanzó una grande exclamación y extendió el brazo en ademán de detener a la joven aguadora. Y esta paró en firme, mirándole a él con enojo de que un desconocido le cortara el paso.

—Cintia, Cintia —dijo Tarsis—, no te me escapas ahora.

—Quite allá... Déjeme. No le conozco.

—¿Me negarás que eres Cintia? ¿Crees que puedo yo olvidar o confundir tus ojos divinos; tu boca, tan linda risueña como enojada, y esa frente de diosa, y esos cabellos partidos en dos bandas, y esa color de albura quebrada, y ese aire de reina, y ese...?

—Anda; está loco el hombre. Déjeme seguir.

—Un momento. Me negarás que eres Cintia; pero no me impedirás que te adore.

—¡Ya escampa!... Me llama Cinta, y mi nombre es Pascuala... Ea, si viene de burlas, sepa que no las aguanto.

—Mátame si quieres; pero yo digo y sostengo que eres Cintia. Si no me conoces, te diré que soy Tarsis...