La hermosa joven, cuyas incomparables facciones correspondían a la forma encomiástica con que el mozo las había descrito, le miró con fijeza y seriedad.
—Qué —dijo Tarsis prontamente—, ¿haces memoria?... ¿buscas mi fisonomía en tus recuerdos?... ¡Ah, Cintia! tú estás encantada como yo, y aún te encuentras en ese estado crepuscular de la memoria que vuelve, que quiere volver...
—Le miro a usted —dijo ella un tanto compadecida y temerosa—, porque me parece que está usted loco... y los locos me dan miedo... Vaya... Con Dios.
—Un instante, Cintia. Tengo una sed horrible... ¿Serás tan cruel que no me des un poco de agua?
Sin decir nada, la lindísima mujer alzó el cántaro y lo inclinó sobre su brazo izquierdo para que el sediento bebiese.
—¡Ay! —exclamó Gil-Tarsis después de absorber buena parte del contenido del cántaro—. Me has dado la vida. Con la emoción y la sed, ni hablar podía... No, Cintia; no estoy loco. Ya lo comprenderás si me haces el honor de concederme tu trato algunos momentos.
La guapa moza volvió a la fuente para reponer el agua, y Gil siguió diciéndole:
—Acabarás por recordarme; acabarás por reconocer al que desdeñaste, al que te amó con locura... al que te lleva en su alma vagando en estas soledades tristísimas. Si no crees lo que te cuento, admíteme como amigo, y lo que no aprecies por mis demostraciones de amor, lo apreciarás por mi respeto.
Algo más le dijo, y sus palabras sinceras y ardientes, si no penetraron hasta traspasar su alma, pasaron rozando a esta como flechas temblorosas. La que Gil llamaba Cintia no se mostró tan esquiva como en la primera embestida galante del barrenador de rocas. Le miraba muy seria, balbucía cortos y turbados conceptos, tuteándole... La arrogancia y viril hermosura del mozo la cautivaron sin duda; pero en su confusión ni aun se daba cuenta todavía de que aquel hombre le gustaba.
—¿Me permites que te acompañe hasta tu casa? —le propuso Gil con acento y ademán de profundo respeto—. No dirás que acompañarte es locura.