—No es locura —replicó ella más turbada—; pero es tontería. Vivo muy cerca... allí... ¿Ves aquella casita blanca entre árboles, orilla del río...?
—Ya veo. Pues esa tontería haré yo si me das licencia. Venga el cántaro.
Y ella, defendiendo el cántaro de las manos del galán:
—No, no: yo lo llevaré. ¡Qué dirían!
—Dirían que te sirvo como buen caballero. Dirían que hablamos como aquellos y otros que ves en la Dehesa, novios honrados y decentes... Vamos hacia allá.
—Hasta mi casa no —dijo la linda lugareña recelosa—. Iremos juntos un poquito no más, hasta la entrada de la alameda. Después no.
—Sigamos sin miedo. Nadie nos mira. Pasamos junto a las mozas y mozos sin que ninguno nos mire. Es que no nos ven, Cintia.
—De veras parece que no nos ven... —observó ella con pasmada ingenuidad—. Nadie se fija... Pues te diré que antes de ahora no me conocías, como yo no te conozco a ti... He querido recordar y nada: no he visto tu cara antes de ahora.
—La última vez que te vi fue dentro de un espejo —afirmó Gil dejándose llevar del arrebato de su fantasía—. Era un espejo maravilloso, donde uno se miraba y no se veía, al contrario de lo que sucede en todos los espejos. Yo me miré, y te vi a ti, Cintia. Créemelo como este es día.
Y ella: