—¿Qué?—preguntó Centeno con ansiedad, notando en la voz de su amo y en su manera de decir un sentimiento y dulzura inexplicables.

—Que me han entrado fuertes deseos de...

—¿De qué?

—Te vas á reir,—murmuró Alejandro riendo á su vez; pero su jovialidad era triste como flor nacida en grietas de sepulcro.

—No, no me río.

—Pues me han entrado ganas de darte un apretado abrazo... Yo no puedo, porque tengo los brazos como si fueran de algodón. ¡Cosa más particular!... Dámelo tú á mí.

Tan aturdido estaba Felipe, que no acertó á satisfacer el deseo de su amo. Fué preciso que éste repitiera su mandato para que el Doctor se pusiese en pie, y acercándose á Miquis todo lo más que podía, le estrechara en sus brazos.

—No, no aprietes tanto, que me ahogas... así. Ya ves qué antojos me entran. ¿Qué dices á esto?

Aristóteles no podía decir nada. Invisible mano le estrangulaba. Retiróse un instante para disimular su pena y sofocarla.

—¿Qué haces, Felipe? ¿Lloras?