—No, señor—replicó el otro con risa convulsiva:—es que me he dado un golpe en este codo.
—Ven acá; no te separes de mí...
—Aquí estoy.
—Pero te pones á diez leguas... Más cerca... ¡Qué alegría me da cuando pienso que vamos á estar juntos en el Toboso!... Mañana llega mi madre, y cuando te conozca, me dirá que de dónde he sacado esta alhaja... Toda tu vida me la tienes que consagrar y estar siempre conmigo, hasta que los dos nos caigamos de viejos.
—Eso sí.
—Otras veces, cuando he estado tan malo, he pensado qué sería de tí si yo muriera; ahora que estoy mejorando á pasos de gigante, pienso que los dos hemos de llegar á viejos... Con todo, me parece que hace tiempo que no te he visto, ó que voy á estar mucho tiempo sin verte... no sé por qué. Se me antoja ahora... mira tú qué tontería... se me antoja que vamos á separarnos.
—¡Vaya un desatino!... ¡qué bro...mitas!
—Chico, es que esta noche estoy lleno de manías. ¿Sabes la que me ha entrado ahora? Pues verás. Como mi madre llega mañana y trae dinero, no necesito del que tengo ahora. Se me ha ocurrido darle una parte á Cienfuegos, otra á don José Ido, y lo demás á esa pobre Cirila... ¿Qué opinas?
El reparto de capitales no le parecía bien á Felipe; mas en la situación de congoja en que estaba no quiso contradecir á su amo.
—Me parece muy bien.