—Ejem, ejem.
Y Sánchez de Guevara respondía desde su cuarto con iguales toses. Arias aparecía también tosiendo.
—Vete al comedor—decían á Felipe,—y mira á ver si está Alberique.
—¿Qué ha de estar? La señora le dió dinero para que se fuera al café...
Cuchicheos, risas, reunión de los tres en el cuarto de Poleró, y redobles en el tabique, sin lograr que Zalamero responda. Felipe, mensajero de Cienfuegos, entra de súbito:
—Dice don Juan que si alguno de ustedes tiene cigarrillos.
—Toma dos... ¿Ha entrado don Leopoldo?
—Sí, señor. Está en su cuarto remendando la levita y pegándose botones.
—¿Y don Basilio?
—Ahora entra.