Oíase el resoplido de aquel señor, que hasta en el respirar revelaba autoridad. Salía Poleró al pasillo, para trastearlo un poco:

—¿Qué ha habido hoy, don Basilio?

—Nada. Siguen con el delirium tremens. De Santo Domingo hay muy malas noticias. Esto no tiene atadero. Á todos lo digo y no me hacen caso. Con su pan se lo coman. Yo no sé lo que va á venir aquí... no sé. Me asusto, créalo usted... Ahora tengo entre manos un trabajo, que me parece ha de meter ruido. Pruebo con números... porque todo lo que no sea números es música... Pase usted á mi cuarto y le enseñaré...

—Otra noche... Estamos aquí con mucho cuidado. ¿Sabe usted que Zalamero se nos ha puesto malo?

—¿Sí? ¿Y qué es?

—No sabemos. Entre usted en su cuarto... Á nosotros no nos quiere decir lo que tiene.

Entra don Basilio en el cuarto de Zalamero, y al poco rato sale y hace este diagnóstico:

—Está delirando... Me ha despedido á cajas destempladas... ¿No llaman ustedes un médico?

—Cienfuegos dirá.

—Porque... Buenas noches, jóvenes. Con permiso de ustedes, me voy á mis habitaciones.