Las habitaciones de don Basilio eran el cuarto más obscuro y estrecho de la casa. No era mejor el de don Leopoldo Montes, que, al decir de Felipe, estaba disimulando los deterioros de su ropa para poder salir bien compuestito y reluciente al otro día. Poleró y Cienfuegos le visitaban á tal hora para sorprenderle y avergonzarle; pero él, siempre en su papel, escondía rápidamente los chismes de costura y afectaba ocuparse de ordenar papeles.

—¿Cuándo es ese viaje á París?

Aquel viaje era la muletilla de todos los días, porque Montes lo estaba anunciando siempre.

—Creo que no pasará del jueves. Aquí tengo dos partes que he recibido esta mañana... El jueves ó viernes á más tardar.

Después que le mareaban un rato, se iban á la puerta del cuarto de don Jesús Delgado, anhelosos de descubrir el misterio de sus ocupaciones epistolares. El huésped taciturno trabajaba aún: se oía el rasguear de su pluma y los suspiros que daba.

De pronto salía Guevara al pasillo:

—Á ver si dejan estudiar. ¡Qué ruido!

Reuníanse los tres en el cuarto de Arias, que se estaba acostando, y hablaban de Zalamero:

—Vaya con el moderadito. Un hombre que defiende á los Paúles...

—El año pasado había aquí un huésped... ¿Le alcanzaste tú, Guevara? Aquel Romero, andaluz. Daba de palos á Virginia y á Alberique... ¡qué escenas!... ¡Felipe!