—Dárselo sin azúcar... ¡Eh!... ¡Felipe...!
—¿Y Zalamero, dónde está?
—Ahora viene.
El señor de los prismas, antes de partir para la calle, llegábase á la puerta y saludaba cortésmente á todos.
—¿Usted gusta?
—Gracias...
—¿Y cuándo...?
—Si quieren ustedes algo para París...
Risas generales y sofocadas.
—Aguarde usted y le daremos una taza de café.