—Son ustedes muy amables...
—¿Y don Basilio ha salido?... Felipe, llama á don Basilio.
—Permítanme ustedes, señores—decía el redactor de Hacienda, asomándose ala puerta.—Hace tiempo que he renunciado al café, porque me quita el sueño. Si me hicieran el favor de un poco de azúcar para un vaso de agua...
—Oro molido que fuera...
—Pues muchas gracias... Permítanme ustedes que me retire. Me toca hacer artículo esta noche.
—Don Leopoldo, nos va usted á traer de París una buena maquinilla de café... ¡Felipe!
—No tienen más que darme una notita... No: lo apuntaré en mi cartera.
—Apunte usted... maquinilla de hacer café, para... doce tazas.
—Bien, bien: no se me olvida ya...
—Tome usted... vea si tiene poco azúcar...