Lucharon por breve rato en la acongojada alma del guerrero sentimientos diversos. Luego sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos; una aflicción horrible le abrumaba. Apartose del joven; corrió luego hacia él; mas su aspecto, su habla, su embriaguez le llenaron de espanto.

—Mi muerte —exclamó—, por las circunstancias espantosas que la rodean, no se parece a ninguna otra muerte. Creo que toda la naturaleza se desquicia en derredor mío, y que, en medio del cataclismo general, vivo muriendo. Me parece que la muerte del malvado, como la del justo entre los justos, no puede verificarse sino entre tinieblas horrorosas y confusión del cielo con la tierra. ¿Es de noche? ¿Es de día? ¿Eres un ángel o un demonio?... Huye de aquí, monstruo mío... No sé lo que siente mi alma al verte y al oírte... ¿Esto es vida o qué es esto? Dios poderoso, acoge mi alma... y basta, basta ya de suplicio.

El señor Garrote se arrojó al suelo. Monsalud, a causa del vino, no vio en todo aquello más que demencia y miedo. Hasta que no se halló fuera y recibió en el rostro el fresco de la noche, no se aclararon sus juicios, ni pudo conocer que había estado inconveniente, cruel y... grosero.

XIX

Cuando se quedó solo, elevó don Fernando de nuevo su pensamiento a Dios. Adquirió con esto cierta tranquilidad, reposo emanado de la profunda convicción de su inmensa desgracia, y aceptando aquella amargura se engrandecía a sus propios ojos. La fogosidad de su imaginación llevábale a compararse con los colosos de infortunio, pero superándoles; tan pronto recordaba a Job, de la antigüedad hebraica, como a Edipo, de los tiempos heroicos, y hasta en sus coloquios, en sus alegatos, ora tiernos, ora coléricos con la divinidad, se les parecía.

Después de un instante de estupor contemplativo sintió anhelo vivísimo de comunicar a alguien la congoja de su alma, y se acordó de su amigo Respaldiza, cuya voz había oído poco antes al través del tabique sin hacerle caso. La endeble pared consistía en un armazón de maderas y adobes, a trechos cubierta de yeso, que formaba en sus irregulares claros y fajas al modo de un fantástico mapa. Por diversas partes, y principalmente junto al suelo, había muchos agujeros por donde podían pasar el ruido y la claridad; pero no objeto alguno de más volumen que un dedo. Golpeó don Fernando el tabique, diciendo:

—Señor don Aparicio, señor Respaldiza, ¿está usted ahí?

El cura contestó desde la otra parte:

—Sí. Señor don Fernando, aquí estoy más muerto que vivo. ¿Con quién hablaba usted?... ¿Hay esperanzas de salvación? Me parece que trataba usted con Salvadorcillo Monsalud... Es mal sujeto, y no hay que fiarse mucho de él.

—Amigo Respaldiza —dijo Garrote sentándose en el suelo y apoyando su rostro en la pared, junto a un sitio donde menudeaban las grietas—. Acérquese usted a este sitio donde me encuentro, y óigame. Tengo que hablarle.