—Ya estoy... ¿Hay esperanzas de escapatoria?
—No hay que pensar en escaparse, señor cura. Nuestra muerte es inevitable.
—¡Oh! ¡Dios mío Jesucristo! —exclamó Respaldiza con voz desfigurada por la aflicción y el llanto—. ¿Qué hemos hecho para tan triste fin?... ¿Pero no será posible intentar...? Echemos abajo este tabique; juntémonos, y entre los dos ejecutaremos algo ingenioso para salir de aquí.
—Es difícil. Por mi parte no intentaré nada para salvar esta miserable vida, que es para mí un horroroso peso. ¡Somos muy pecadores!
—Yo no tanto... ¿pero es posible que no logremos...? ¡Oh! Desde aquí siento los aullidos de esos lobos carniceros, de esos demonios del infierno que nos guardan. Están borrachos, y parece como que bailan y juegan.
—No nos ocupemos de nuestros enemigos, y pensemos en la salvación de nuestras almas —dijo con unción don Fernando—. Señor Respaldiza, usted es sacerdote.
—Sí, sacerdote soy —repuso con desesperación el clérigo—, y como sacerdote digo que esto es una gran picardía, una infamia, un asesinato horrendo. ¡Ya se las verán con Dios!
—Usted es sacerdote —añadió don Fernando—, y un buen sacerdote, piadoso, instruido, aunque ahora caigo en que no cuadraba muy bien a su estado el tener tan buena puntería; pero sea lo que quiera, usted es un hombre excelente y un sacerdote cristiano, a cuyas manos baja Dios en el santo oficio de la Misa.
—Sí, sí.
—Pues bien: siendo usted sacerdote y yo pecador, quiero confesarme en esta hora suprema; quiero confesarme, sí, después de treinta y tantos años de impenitencia.