Prolongado silencio anunció el estupor del sacerdote.

—¿No me contesta usted? —preguntó impaciente Navarro.

—¡Confesarse!... Linda ocasión ha escogido usted... Sobre que todavía puede ser que nos indulten.

—No hay que esperar tal cosa. Seamos dignos de nosotros mismos, y muramos como caballeros cristianos.

—¡Morir, morir! —repitió angustiosamente el cura.

Retembló el tabique con sordo estampido. La cabeza de Respaldiza había chocado violentamente contra él.

—Señor don Aparicio —dijo don Fernando después de una pausa—, he visto a Dios.

—¿A Dios?... ¿Dónde, amigo mío, dónde?

—Aquí, aquí mismo, en este oscuro calabozo. He visto pasar ante mí también mi vida entera, y me han ocurrido cosas que espantarán a usted cuando se las refiera.

—¡Es singular! ¡Ver a Dios y no pedirle que nos sacara de aquí!... ¡Ah! Usted tiene razón: seamos piadosos y buenos cristianos en esta hora suprema, único medio de que nos favorezca el Señor. Chillar y jurar con desesperación en estos trances no es propio del espíritu cristiano. Recemos, señor don Fernando; oremos humildemente con toda la compostura y devoción posibles. No se me olvidó el rosario, aquí está. Pidamos a Dios de todo codo corazón que...