—Antes conferenciemos un poco —dijo Garrote—, pues no solo tengo que revelar a usted secretos muy graves, sino pedirle consejo y parecer sobre algún punto delicado de conciencia.
—Ya soy todo oídos.
—Bien sabe usted, venerable amigo, que he sido gran pecador, un hombre disoluto, despreocupado, vicioso, un libertino. Verdad es que jamás me separé de la Iglesia; pero esto no atenúa mis grandes faltas, ¿no es verdad?
—Verdad. Respecto a sus escándalos, amigo Garrote, muchos y grandes han sido en la Puebla. He oído contar horrores; mas nunca me atreví a reprenderle, por ser usted un excelente sujeto y haber tenido conmigo delicadas deferencias. Tratándose de los más humildes feligreses de mi parroquia, sí me atrevería yo a reprenderles sus vicios; pero a un señorón como usted...
—La ley de Dios es igual para todos... Pero vamos adelante. Desafueros cometí, honras atropellé, causé desdichas, y no hubo casa donde yo pusiese mi planta maldita que al instante no se inficionase con la corrupción y deshonra que llevaba conmigo.
En este tono y con verdadera humildad cristiana prosiguió don Fernando refiriendo sus culpas, sin detenerse en los casos particulares, hasta que, llegando al punto capital de su confesión, dijo lo que sigue:
—Pero la más grave de mis faltas, por el cúmulo de circunstancias denigrantes que en ella hubo, fue la deshonra de una doncella de Pipaón, a quien engañé valiéndome de pérfidas astucias, impropias de un caballero; sí: pérfidas astucias y torpísimas artes que voy a enumerar una por una, aunque al referirlas la lengua parece que se me abrasa, y el rubor que enciende mi cara es como si una llama la envolviera toda.
Respiró con ansia, y luego refirió lamentables escenas y acontecimientos, que omitiremos por no ser de indudable interés para esta historia. Con los ojos cerrados, apoyada la calenturienta sien contra el tabique, entreabierta la boca, la mano izquierda en el suelo, para apoyarse, y la derecha sobre el corazón, iba contando don Fernando sus execrables ardides, y soltaba las palabras una a una, cual si su arrepentida conciencia se recrease en las torpezas que echaba fuera, para quedarse pura y limpia. Cuando concluyó aquel capítulo bochornoso, oyose la débil voz de Raspaldiza que decía:
—Horroroso, infame, execrable es todo eso; pero el arrepentimiento es sincero, y por grandes que sean las culpas de los hombres, mucho mayor es la misericordia de Dios.
—Nació un niño —dijo don Fernando, cuya alma se iba sublimando a medida que adelantaba la confesión—, y aquí vienen nuevas infamias mías, pues sabiendo que la madre y el hijo estaban en la miseria, no me cuidé de socorrerles. Un día pasé por Pipaón y enseñáronme al muchacho que estaba jugando en las eras. Tenía los zapatos rotos y todo su vestido hecho pedazos. Causome su vista cierta aflicción pasajera; pero nada más: salí de Pipaón aquella misma tarde, y no volví a acordarme de ellos. Por último, después de más de veinte años de olvido, he aquí lo que sucede... Salgo en busca de fabulosas hazañas, y a los pocos pasos mis ilusiones se disipan como el humo... ¡la mano de Dios!... Me traen aquí prisionero, y sin más lances me destinan a morir y me encierran en este calabozo... ¡la mano de Dios!... Luego se presenta un joven, le hago algunas preguntas, me dice su nombre, que es el de Salvador Monsalud, y en él reconozco a mi hijo... ¡por tercera vez la mano de Dios!...