—¡Salvador Monsalud! —exclamó el cura alzando las manos—. ¡Ese perdido, ese afrancesado, ese traidorcillo borracho!...

—El mismo, el mismo —dijo Garrote—; es un monstruo, es como el crimen que le engendró, y Dios me le ha puesto delante para hacerme conocer la horrible magnitud de mis culpas, como un ejemplar vivo del pecado que engendró el pecado.

—Conozco a la pobre doña Fermina, y ahora me explico algunas frases oscuras que sorprendí algunas veces... ya... Es una excelente mujer; pero a Salvador le tengo por un muchacho arrebatado y sin discreción, ni prudencia, ni honor, ni respeto a los mayores; sin amor a la patria, ni religiosidad, ni sentimiento alguno que le recomiende. ¡Bendito sea Dios, y qué cosas hace! ¡Que de un caballero tan cumplido como usted, de un noble señor, algo libertino, sí, pero ilustre y generoso, descienda esa bestezuela desleal, ese muchacho sin pudor ni honor!... ¡Bien dice usted que ha sido para castigo!... ¿Está usted seguro de...?

—Hijo mío es. Mi vida abominable no podía dar otro fruto. Es hermoso de cuerpo; pero su alma es horrible. Si por favor especial del cielo yo viviera, la idea de haber dado el ser a criatura tan execrable, sería para mí causa de constante horror.

—¡Oh, sí... le conozco!... Diré a usted, amigo mío: antes de marchar a Madrid, Salvadorcillo no era mal muchacho, aunque muy casquivano y distraído; pero después que se juntó con su tío y renegó, hase vuelto el más despreciable muñeco que puede verse.

—La vergüenza que me causa la paternidad de un renegado envilecido —dijo don Fernando—, de un joven cuyas absurdas ideas son tales que parece que habla Satanás por su boca, es uno de los mayores tormentos de esta última noche de mi vida... Varias veces tuve las palabras en la lengua para revelarle los lazos que a mí le unían; pero enmudecí, porque todo lo que de noble y honrado existe en mi alma se sublevaba contra el fatal parentesco, y aquí, Señor don Aparicio de mi alma, entra el grave punto de conciencia que quería consultar con usted después de mi confesión.

—Sepámoslo... pero se me figura que aumenta la algazara de esos borrachos. Parece que se acercan a las puertas de este edificio, y aúllan junto a ellas como una manada de lobos carniceros.

—La cuestión es esta —dijo Garrote sin hacer caso del terror de su amigo—. Dadas las deplorables circunstancias del carácter de Salvador, sus infames ideas, su irreligiosidad, su traición, su envilecimiento, ¿debo revelarle que es mi hijo?

Calló Respaldiza largo rato, y al fin, repetida la pregunta por don Fernando, contestó:

—Según y conforme... Perverso es el niño, e indigno por todos conceptos de tener por padre a un caballero ilustre y tan patriota como el Señor don Fernando, en quien algunas faltas, hijas de la flaca condición humana, no disminuyen sus altas prendas: despreciable es el muchacho, digo; pero por malo que le supongamos, y aunque su herejía y envilecimiento hayan secado en él el manantial de todos los sentimientos generosos, es imposible que al ver a su padre en esta mazmorra, acompañado de un infeliz amigo, no imagine alguna bellaquería o travesura para ponerles a entrambos en libertad.