Garrote dio un suspiro, cambiando de postura, por serle insoportable la que desde el principio del diálogo tenía.
—Yo pregunto con mi conciencia y usted contesta con su egoísmo... Monsalud no puede salvarnos... además, yo no quiero salvarme; no, ¡mil veces!, yo deseo la muerte.
—¿No puede salvarnos? —preguntó el cura con desconsuelo.
—No, porque sus compañeros no se lo consentirían; además, ha dejado hace un rato de ser nuestro carcelero, y en este momento quizás esté con su regimiento camino de Vitoria.
—¡Oh qué desgraciada suerte!... ¡Me parece que esos condenados nos quieren asesinar!... ¿Oye usted sus infames carcajadas?
—Las oigo, sí, pero no las escucho... El parecer de usted es lo que me preocupa y lo aguardo con impaciencia.
—Por todos los santos, si no ha de ver más a Salvador, ¿para qué ha de quebrarse los cascos por saber lo que más conviene decirle?
—Únicamente pido a usted consejo —dijo Navarro con impaciencia— sobre mi conducta pasada. Es decir, ¿hice bien o hice mal en callar el secreto, dejando a ese desgraciado en la orfandad lastimosa que a mi juicio merece?
—Bien, bien, admirablemente hecho —repuso el clérigo con cansancio—. El infame mozuelo que se ha vendido a nuestros enemigos, que abandonó a su madre, que se burló descaradamente de mí, amenazándome con ahorcarme, no tiene derecho a ser hijo de alguien, no, ni menos a enfatuarse con descender del nobilísimo tronco de los Navarros.
—Pero revelarle todo habría sido grande humillación, habría sido ponerme al nivel de su bajeza, de su herejía, de su villanía, y, por tanto, habría sido también expiación de mis culpas, y nuevo purgatorio añadido al que merezco y necesito.