—No tanto, no tanto —afirmó el cura—. Bastante ha padecido usted en descargo de sus pecados. Revelar a Salvador la nobleza de la sangre que por sus venas corre, sería en cierto modo santificar sus errores, y conviene que siga abandonado a su triste destino. Allá se las entenderá con Dios. El deber de usted consiste en perdonarle y pedir a Dios que ilumine al perverso mancebo.

—Pecador fui, pecador soy —dijo don Fernando elevando al cielo los ojos y cruzando las manos—; pero he conservado los sentimientos fundamentales, el amor de Dios y el honor... Aborrezco todo lo que Dios aborrece, y amo todo lo que Él ama... ¡Oh, señor mío Jesucristo, tú que me ves en esta última hora regenerado por el arrepentimiento y la penitencia, no quieres, no puedes querer que ese miserable lleve mi nombre; no puedes querer que en su detestable vida asocie su infamia a mi apellido, y ya que no me deshonró en vida con su traición, me deshonre muerto! ¡La traición! Solo al pronunciar esta palabra tiemblan mis carnes, y mi alma entrevé un infierno de vergüenza, más espantoso que el de las llamas que abrasan el cuerpo. ¡La traición! ¡Pasarse al enemigo, ser bandido como él, ateo como él, ladrón como él, borracho como él! ¡Ah! Todos los crímenes, incluso los que yo he cometido, me parecen faltas veniales comparadas con esta. Quédese, pues, ese malaventurado hijo mío en la oscuridad de su nacimiento, que será perpetua y profunda, como las tinieblas que envuelven su alma. Él ha querido ser espúreo, espúreo será. Si la naturaleza nos hizo proceder el uno del otro, entre un renegado por convicción y un caballero español, entre un insensato ateo y un cristiano piadoso, entre un jacobino de esta nueva raza execrable, condenada por Dios, y un hombre recto, vasallo humilde de su rey, no debe, no puede haber parentesco.

Dijo esto don Femando Garrote en alta voz, al modo de oración, y tan creído estaba de que Dios, a quien tal discurso dirigía, aprobaba sus sentimientos y su rigurosa intolerancia, que se quedó muy tranquilo, meditando sobre las profundidades del ancho abismo abierto entre él y su abandonado hijo.

—¿No les oye usted? —gritó de pronto Respaldiza, golpeando el tabique—. Han vuelto a acercarse a la puerta de este cuarto, y gritan y juran. ¡Parece que se alejan! ¿Oye usted, Señor don Fernando?

—Y si por favor especial de Dios —repuso Garrote, indiferente al pánico de su compañero de desgracia y mortificado por punzantes dudas—, ese infeliz muchacho al verse honrado por mi nombre, se enmendara de sus extravíos...

—¡Enmendarse! —exclamó el cura—. Haríalo hipócritamente por engañarle a usted si vivía...

—Es verdad, es verdad, no puede ser —añadió don Fernando—. Los que nos han puesto el infame mote de serviles; los que insultan a los valientes guerrilleros, llamándoles ladrones de caminos y asesinos; los que en sus inmundas gacetas hacen befa de las cosas santas y de los ministros de Dios, y parodian a los franceses, imitando su lenguaje, sus costumbres, sus ideas, esos no pueden ser nuestros hijos, ni nuestros hermanos, ni nuestros primos, ni nada que con nosotros se roce y enlace; no pueden de ningún modo nacer de nosotros... Esa gente no es gente, esos españoles no son españoles. Entre ellos y nosotros, lucha eterna.

—Para poner motes se pintan solos —dijo el cura, dejando caer una gota de humor festivo en la amarga copa que uno y otro bebían—. A nosotros nos llaman lechuzos, y a la Santa Inquisición la llaman Chicharronismo. No puede darse desvergüenza igual. Por eso es cosa corriente en el país, que a los guerrilleros de estas montañas les queda mucho que hacer, después de acabar con los vándalos de fuera.

No lo oyó don Fernando, porque se había arrastrado a gatas hasta el centro de la pieza, y allí, puesto de hinojos, alzados los brazos y la mirada fija en el techo, entabló nuevo coloquio con la Divinidad en estos términos:

—Señor que me has criado, que me has conducido a este fatal término, mi castigo ha sido grande, pero merecido... ¡Oh!, si volviera a nacer, no saldría jamás del camino de la justicia y del deber... Me has puesto delante el monstruo engendrado por mis errores; me lo has puesto delante para que vea cuán horribles frutos deja en el mundo la depravación. Para tormento, para horrorosa penitencia mía, el dulce regocijo que la naturaleza debía infundirme en presencia de ese joven, se ha trocado en vergüenza, en aborrecimiento, en horror. ¿No es bastante pena, Dios mío?... Cumplo con mis deberes de cristiano resignándome a morir, y sufriendo el bochorno que mi parentesco con tal monstruo me produce; cumplo con mis deberes de caballero y de español, repudiando a ese hijo precito, apartándole de mí y de mi memoria para siempre. ¿Es de tu agrado esta conducta, Dios mío? Mi conciencia está tranquila, y muero en ti, fiando en que mis pecados serán perdonados, y mi conducta como cristiano, como caballero y como español aprobada en tu supremo tribunal.