¿Qué respondió Dios a esto? Pronto lo sabremos.
Don Fernando se humilló en el suelo, y dijo para sí:
«¡Virgen santa! ¿Por qué me empeño en estar tranquilo y no lo estoy?»
Respaldiza le llamó, diciéndole con voz angustiosa:
—Señor don Fernando de mi alma, ¿no les oye usted? Parece que quieren echar abajo la puerta de este cuarto. Chillan, chillan y vociferan... Sin duda quieren asesinarme; señor don Fernando, por amor de Dios, ampáreme usted.
En efecto, oíase violento rumor de golpes y porrazos. Don Fernando, que hasta entonces no había tenido miedo a la muerte, sintió escalofríos en todo su cuerpo, y el corazón le palpitó con vivísima inquietud.
«No, no estoy tranquilo —dijo para sí—. ¡Si permitirá Dios que tenga miedo en esta hora tremenda!... Conciencia mía, ¿estás tranquila?»
—Esos salvajes quieren penetrar aquí para ensañarse en mi cuerpo miserable —gritó entre sollozos el cura—. ¡Señor mío Jesucristo, piedad! ¡Piedad, santa Virgen de la Asunción, señora y patrona mía!
—Esto es horroroso —exclamó don Fernando corriendo de un lado para otro en la oscura pieza—. Que nos fusilen... pero que no nos arrastren, ni nos destrocen, ni nos escupan, ni nos insulten... ¡Piedad, misericordia!
Los gritos de la salvaje turba que graznaba en la puerta del calabozo, donde, viviendo aún, moría de terror el desgraciado don Aparicio Respaldiza, aumentaban de rato en rato, y al fin era tanto el ruido, que don Fernando no pudo oír los lamentos de su infeliz amigo. Oyó, sí, que la puerta se rompía; conoció que multitud de soldados franceses y algunos españoles entraban en tropel, rugiendo como bestias coléricas; comprendió que se abalanzaban sobre el pobre sacerdote, y oyó estas palabras en claro y soez castellano: