—Cortarle las orejas.
Después llegaron a sus oídos agudos ayes y clamores de la infeliz víctima; sintió que la llevaban fuera atropelladamente; la fúnebre y horrenda procesión se presentó a su fantasía con formas tan espantosas que tuvo miedo, un miedo indescriptible, inmenso, y cayó de rodillas, clamando:
—Señor mío Jesucristo, ¿todavía más?
Parecía que una voz contestaba en lo alto:
—Sí, más todavía.
XX
A poco de salir de la prisión, Monsalud se serenó un tanto; mas por algún tiempo estuvieron aún sus entendederas en lastimoso eclipse. No era de aquellos a quienes la bebida impulsa a desaforados disparates de palabra y obra, sino que, por el contrario, en aquella su embriaguez primera, después de algunos minutos de estúpida animación, sintiose amodorrado y con tristeza tan congojosa, que el cielo parecía habérsele puesto sobre los hombros. Sus amigos españoles renegados y franceses bebían y jugaban a los naipes, reunidos en alegres grupos dentro de la sala que servía de cuerpo de guardia, y también en el patio. Los del convoy, paisanos y militares, habían ido allí atraídos por el olor de los riojanos pellejos; pero como se acercara la hora de partir y el descanso de bestias y hombres había sido grande, se disponían a seguir su camino.
Advirtió Salvador que algunos jurados y cazadores franceses, soliviantados por el vino, hacían tan infernal ruido como si todo el ejército de José estuviese bailando dentro de una sola pieza. Mareado y aturdido, anhelando silencio y reposo, Monsalud huyó de su compañía y fue al patio, donde algunos paisanos graves y sargentos con ínfulas de coroneles, dirigiendo en pomposas espirales hacia el limpio cielo, cual si quisieran empañarlo, el humo de sus pipas, hacían cálculos sobre la campaña emprendida y los acontecimientos que se aguardaban para el día siguiente.
—Salvador —dijo un francés, asiendo a nuestro amigo por un botón de su uniforme—, ¿has oído algo?
—¿De qué? —preguntó Monsalud dejándose caer sobre un banco y cerrando los ojos.