—En la plazuela de la Cebada.

—En la plaza de Palacio, delante del balcón de Su Majestad —gruñó Pelumbres.

—Admirable y sensata idea —dijo Regato—; pero me parece irrealizable. No es preciso que se lleven las cosas a ese extremo de perfección.

—No puedo aconsejar tranquilo la muerte de un hombre —afirmó Sarmiento con gravedad—; pero hay sacrificios necesarios, indispensables, y el cura de Tamajón debe morir. También hay en la cárcel de la Corona un dichoso Gil de la Cuadra, exvecino mío, que es uno de los servilones más furibundos, y un conspirador terrible.

—Gil de la Cuadra —dijo Regato haciendo memoria—. ¡Ah!, ya: le protege Salvador Monsalud, después de haberle enamorado a su mujer, como me consta. Váyase lo uno por lo otro.

El traidor Monsalud se dirá de aquí en adelante —indicó Pelumbres—. Ese canalla, después de entrar en nuestra Sociedad, ha admitido un destino del gobierno.

—En la cárcel de la Corona precisamente —indicó Mejía—. No lo hubiera creído. Puesto de confianza, señores. Aquí hay gato encerrado.

—Tengo a Monsalud por una persona decente —dijo don Patricio—. Es amigo mío y no le creo capaz de servir a los masones. Le he oído hablar pestes de esos señores.

—Sea lo que fuere —dijo Sánchez—, ello es que antes de meter semejantes tipos en nuestra Sociedad, debiéramos pensarlo mucho.

—Es justa la censura, aunque confieso que yo le presenté —dijo Regato—; pero no hay motivo para desconfiar de tal joven. Tengo motivos para creer que puedo dominarle en un momento dado. Ese hombre será mío cuando yo quiera. En vez de importarnos que esté empleado en la cárcel, debemos felicitarnos de ello. Sacaremos partido de esta circunstancia.