—¡Rebotijos!... ¡Si está en mi lugar y en el puesto de que me echaron hace dos meses esos mamones!... ¿Pues no ha de importarme? Es un caballerito a quien tengo atravesado aquí.

—Dejemos esta cuestión mezquina, señores, y volvamos a lo principal —dijo Regato—. ¿Hay aquí gente de valor?

—Basta y sobra; pero si se quiere cosa mayor, con dar la voz en ciertos barrios, se tendrá toda la gente que se quiera.

—Señor don Bruno, ¿se puede ir a donde se quiera?

—Al cabo del mundo. Digan hora y lugar, y allá estaremos todos. No saldrá tan mal como la noche de los embajadores del Ruso y el Turco.

—Mañana... mañana... —dijo Regato meditando—. ¿Cuál será la mejor hora?

—Por la noche.

—No, por el día.

—A las doce del día —gritó el más decente de todos—. No se trata de ninguna traición, sino de una obra de justicia.

—¡Excelente idea! A las doce del día.