—Sí, señor.
—Adelante. Llegamos al don Rafael Seudoquis. Ese señor trajo de Londres un paquete de cartas para que tú las repartieras...
—Sí, señor... —repuso la joven con firmeza—. Puedo asegurar que Seudoquis no conoce a don Benigno Cordero; que este no podía encargarse de repartir las cartas, ni menos su hija, porque ni uno ni otra tenían noticia de semejante cosa. Vivimos en la misma casa, yo en el segundo, ellos en el principal, y como alguien de la policía vio al señor Seudoquis entrar en la casa, supuso que iba a la habitación de Cordero, cuando en realidad iba a la mía.
—Muy bien: anote usted eso. Puede muy bien resultar que el tal Cordero sea inocente, ¿por qué no?... La justicia y la verdad por delante. Sepamos ahora a quién iban dirigidas esas cartas. Este es el punto principal... Cordero no supo darnos noticia alguna. Si tú lo haces, tendremos la mejor prueba de que no has venido a burlarte de nosotros.
Soledad vaciló un instante. Helado sudor corría por su frente, y sintió como un torbellino en su cerebro. Era aquel un caso que la infeliz no había previsto, porque su alma, llena toda de generosidad y ofuscada por la idea del bien que a realizar iba, no supo calcular la ignominia que podía salirle al paso y detenerla en su gallardo vuelo. Aquel acto de abnegación era de esos que no pueden realizarse con éxito feliz sin tropezar con la infamia, poniendo a la voluntad en la alternativa de retroceder o incurrir en actos vergonzosos. Espantada Sola de los peligros que aparecían en su camino, no se atrevió a acometerlos, ni supo tampoco esquivarlos, porque carecía de la destreza y travesura propias de tan gran empeño. Su única fuerza consistía en un valor heroico, pasivo, formidable, y robusteciendo su alma con él, dijo al severo magistrado:
—Yo me acuso a mí misma; pero no delataré a los demás.
—Me gusta..., sí, me gusta la salida —afirmó Chaperón cruzándose de brazos delante de ella y moviendo el cuerpo como si fuera a dar un salto—. ¿Sabes que tienes frescura?... Esto es dejarnos con un palmo de narices... Dime, mocosa: si no aclaras eso de las cartas, ¿qué ventaja sacamos de que seas tú el delincuente en vez de serlo Cordero y su hija? ¿Qué diferencia hay?
—La diferencia que hay de la verdad a la mentira —replicó Soledad imperturbable—. Si ellos son inocentes, ¿por qué han de estar en la cárcel ocupando un puesto que me corresponde a mí?
—Música, música —dijo el funcionario haciendo sonar como castañuelas los dedos de su mano derecha—. Aquí no estamos para perder el tiempo en distingos. Hay mucho que hacer para resguardar Trono y Sociedad de los ataques de esa gentualla negra. A ver, ¿qué hemos sacado en limpio de tu acusación contra ti misma? Nada entre dos platos. ¡Por vida del Santísimo Sacramento! Yo creí que en punto a noticias frescas y bonitas nos ibas a traer aquí oro molido... ¡Que es inocente don Benigno! ¿Y qué? ¡Que las cartas las recibiste tú y no él, ni tampoco su hija! ¿Y qué? ¡Por vida del Sant...!, esto es burlarse de la Comisión militar. Aquí se viene a servir al Estado, no a hacer comedias. ¿Eres tú partidaria del Altar y del Trono, o por el contrario, eres amiga de la canalla? ¿Te has prestado inocentemente e esa maquinación sin saber lo que hacías?... Hablemos claro.
Diciendo esto, Chaperón demostraba en la voz y en el gesto hallarse muy satisfecho de su elocuencia y del incontrastable poder de sus razones. Después de una pausa se acercó a Sola, y mirándola desde la altura de su corpachón negro, capaz de intimidar al más bravo; accionando enérgicamente con la mano derecha, cuyo dedo índice se erguía tieso e inflexible como un emblema de la autoridad, habló de este modo: