—El gobierno de Su Majestad, que nos ha puesto aquí para que vigilemos, tiene recompensas para los que le sirven, ayudándole a esclarecer las maquinaciones de los pillos, ¿te vas enterando?, y tiene también castigos muy severos, muy severos, pero merecidos, para los que encubren a los malvados con su punible silencio, ¿te vas enterando?

—¿Eso lo dice vuecencia para que delate a los que recibieron las cartas? —preguntó Soledad cerrando los ojos cual si estuviera suspendida sobre su cuello el hacha del verdugo—. Siento mucho desairar a vuecencia; pero no puedo decir nada.

Chaperón se detuvo en su paseo por el cuarto. Viósele apretar las mandíbulas, contraer los músculos de la nariz como si fuera a lanzar un estornudo, revolver los ojos... Sin duda su cólera augusta iba a estallar. Pero afortunadamente, detuvo la formidable explosión un hombre entre soldado y alguacil, de indefinible jerarquía, mas de indudable fealdad, el cual, abriendo la mampara, dijo:

—Vuecencia me dispense; pero la señora que vino esta mañana está ahí, y quiere pasar.

—Que espere... ¡Por vida del...!

—Está furiosa —observó con timidez el que parecía soldado, alguacil, polizonte, sin ser claramente ninguna de estas tres cosas.

Chaperón dudaba. Iba a decir algo, cuando una señora empujó resueltamente la mampara y entró.

XVI

Era una mujer hermosísima, tan arrogante y airosa de rostro y figura, como elegante en su vestir y tocado, de modo que naturaleza y arte se juntaban para formar un acabado tipo de mujer a la moda. La mirada que echó a Chaperón y a su legista, semejante a una limosna dada más bien por compromiso que por voluntad, indicaba que la modestia no era virtud principal en la señora. Pero su gallarda altanería, ¡cuán grato es decirlo!, venía como de molde enfrente de aquellos despreciables hombres tan duros con los desgraciados.

—Ni para ver al rey se necesitan más requisitos —dijo la dama sentándose en la silla que Chaperón le ofreció, sonriendo—. Vi a Calomarde esta mañana y me mandó venir aquí... Yo creí que era cosa de un momento... ¡Pero si hay más de doscientas personas en la puerta...! ¡Y qué gente! Diga usted, ¿a qué viene toda esa gente, a delatar? Si yo fuera la Comisión, empezaría por ahorcar a todo el que delatara sin pruebas... ¿No tienen ustedes otro sitio para que hagan antesala las personas decentes?