—Señora —repuso Chaperón en tono adulador, que no galante—, siempre que usted venga, pasará desde luego a mi despacho. Tengo mucho gusto en complacerla, no solo por estimación particular, sino por lo mucho que respeto y admiro al señor Calomarde, mi amigo.

—Gracias —dijo la señora con indiferencia—. Vamos a mi asunto. Don Tadeo me prometió que esto quedaría resuelto en tres días.

—Don Tadeo, desde su poltrona, halla muy fáciles los negocios de policía. Yo quisiera verle aquí enredado con tanta gente y tanto papel... ¡En tres días, amigo Lobo, en tres días!

El licenciado apoyó la idea de su jefe moviendo la cabeza con expresión de lástima de sí mismo, por el mucho trabajo que entre manos traía.

—¡Qué vergüenza! —exclamó la señora sin disimular su enfado—. ¿Conque para despachar un pasaporte se ha de gastar más tiempo que para juzgar y condenar a muerte a un hombre?... ¡Qué tribunales, Santo Dios! ¡Qué Superintendencia y qué Comisión militar! Pongan todo eso en manos de una mujer, y despachará en dos horas lo que ustedes no saben hacer en una semana.

—Pero usted, señora —dijo Chaperón en el tono que empleaba para parecer benévolo—, no tiene en cuenta las circunstancias...

—Veo que aquí las circunstancias lo hacen todo. Invocándolas a cada paso, se cometen mil torpezas, infamias y atropellos. Si volviera a nacer, Dios mío, querría que fuese en un país donde no hubiera circunstancias.

—Si se tratara aquí del pasaporte de una señora —indicó el Presidente de la Comisión con énfasis, como el que va a desarrollar una tesis jurídica—, ande con Barrabás... Pero usted lleva dos criados, los cuales es preciso que antes se definan y purifiquen, porque uno de ellos perteneció en tiempo de la Constitución a la clase de tropa, y el otro sirvió largos años al ministro Calatrava... Pero nos ocuparemos del asunto sin levantar mano...

—Yo deseo partir mañana —dijo la señora con displicencia—. Voy muy lejos, señor Chaperón: voy a Inglaterra.

—Empezaremos, empezaremos ahora mismo. A ver, Lobo...