Al dirigirse a la mesa, Chaperón fijó la vista en la víctima cuyo proceso verbal había sido suspendido por la entrada de la soberbia dama.

—¡Ah!... Ya no me acordaba de ti —dijo entre dientes—. Voy a despacharte.

Soledad miraba a la señora con espanto. Después de observarla bien, cerciorándose de quién era, bajó los ojos y se quedó como una muerta. Creeríase que batallaba angustiosamente con su desmayado espíritu, tratando de infundirle fuerza, y que entre sollozos imperceptibles le decía: «Levántate, alma mía, que aún falta lo más espantoso».

—Con el permiso de usted, señora —dijo Chaperón mirando a la dama—, voy a despachar antes a esta joven. Lobo, extienda usted la orden de prisión... Llame usted para que la lleven... Orden al alcaide para que la incomunique...

La víctima dejó caer su cabeza sobre el pecho.

Después miró de nuevo a la dama; pero esta vez encendiose su rostro, y parecía que sus ojos relampagueaban con viva expresión de amenaza. Esto duró poco. Fue la sombra del espíritu maligno al pasar en veloz corrida por delante del ángel oscureciendo su luz.

La señora estaba también pálida y desasosegada. Indudablemente no gustaba de ver a quien veía, y en presencia de aquella humilde personilla condenada parecía tener miedo.

—Aquí tienes, mala cabeza —dijo Chaperón dirigiéndose a la huérfana—, el resultado de tu terquedad. Demasiado bueno he sido para ti... ¿Qué hemos sacado de tu declaración? Que Cordero es inocente. ¿Y qué ganamos con eso, qué gana con eso la justicia? Tú y nosotros adelantamos muy poco... Si hablaras sería distinto... Tú habrás oído decir aquello de... quien te dio el pico, te hizo rico. ¿Te vas enterando? Pero ahora, picarona, lo meditarás mejor en la cárcel... Allí se aclaran mucho los sentidos..., verás. Esta linda pieza —añadió señalando a la víctima y mirando a la señora—, es la estafeta de los emigrados, ¿qué tal? Ella misma lo confiesa, lo cual no deja de tener mérito; pero nos ha dejado a media miel, porque no quiere decir a quién entregó las cartas que ha recibido hace unos días.

Soledad se levantó bruscamente.

—Una de las cartas de los emigrados —dijo con tono grave extendiendo el brazo— la entregué a esta señora.