Después de señalarla con energía, cayó en su asiento con la cabeza hacia atrás. Breve rato estuvieron mudos y estupefactos los tres testigos de aquella escena.

—Es verdad —balbució la dama—. He recibido una carta de un emigrado que está en Inglaterra; no sé quién la llevó a mi casa... ¿qué mal hay en esto?

Chaperón, que estaba como aturdido, iba a contestar algo muy importante, cuando la señora corrió hacia la huérfana, gritando:

—Se ha desmayado esta infeliz.

En efecto, rendida Sola a la fuerza superior de las emociones y del cansancio, había perdido el conocimiento.

La señora sostuvo la cabeza de la víctima, mientras Lobo, cuya oficiosidad filantrópica no se desmentía un solo momento, acudió transportando un vaso de agua para rociarle el rostro.

—Eso no es nada —afirmó Chaperón—. Vamos, mujer, ¡qué mimos gastamos! Todo porque la mandan a la cárcel...

La puerta se abrió dando paso a cuatro hombres de fúnebre aspecto, que parecían pertenecer al respetable gremio de enterradores.

—Ea, llevadla de una vez... —dijo don Francisco resueltamente—. El alcaide le dará algún cordial... No quiero desmayitos en mi despacho.

Los cuatro hombres se acercaron a la condenada.