—Un poco de vinagre en las sienes... —añadió el jefe de la Comisión militar—. Ea, pronto..., quitadme eso de mi despacho.

—¡A la cárcel! —exclamó con lástima la señora, acercándose más a la víctima como para defenderla.

—Señora, dispense usted —dijo Chaperón apartándola con enfática severidad—. Deje usted a la justicia cumplir con su deber... Vamos, cargar pronto. No le hagáis daño.

Los cuatro hombres levantaron en sus brazos a la joven y se la llevaron, siendo entonces perfecta la similitud de todos ellos con la venerable clase de sepultureros.

La mampara, cerrándose sola con estrépito, produjo un sordo estampido, como golpe de colosal bombo, que hizo retumbar la sala.

XVII

Aquel mismo día, ¡por vida de la chilindraina!, ¡cuán amargas horas pasó el pobre don Patricio! Habrían bastado a encanecer su cabeza si ya no estuviera blanca, y a encorvar su cuerpo si ya no lo estuviera también. Sus suspiros eran capaces de conmover las paredes de la casa; sus lágrimas corrían amargas y sin tregua por las apergaminadas mejillas. No podía permanecer en reposo un solo instante, ni distraerse con nada, ni comer, ni aposentar en su cerebro pensamiento alguno, como no fuera el fúnebre pensamiento de su desamparo y de la gran pena que le desgarraba el corazón. Este lastimoso estado provenía de que Solita había salido temprano, diciéndole:

—No sé cuándo volveré. Quizás vuelva pronto, quizás mañana, quizás nunca... Escribiré al abuelo diciéndole lo que debe hacer. Adiós...

Y dirigiéndole una mirada cariñosa, se limpió las lágrimas, y bajó rápidamente la escalera y desapareció, ¡santo Dios!, como un ángel que se dirige al cielo por el camino del mundo.

«¿Será posible que haya salido hoy para Inglaterra? —se preguntaba don Patricio, apretándose el cráneo con las manos para que no se le escapara también—. ¡Pero cómo, si aquí está toda su ropa, si no ha hecho equipaje, si en la cómoda ha dejado todo su dinero!... ¿Pues a dónde ha ido entonces?... Quizás vuelva pronto, quizás mañana, quizás nunca... Nunca, nunca».