Y repetía esta desconsoladora palabra como un eco que de su cerebro a sus labios saliera. Otro motivo de gran confusión para él era que Soledad había despedido a la criada el día anterior. Estaba, pues, el viejo solo, enteramente solo, encerrado en la espantosa jaula de sus tristes pensamientos, que era como una jaula de fieras. Pasaba de un sentimentalismo patético a la desesperación rabiosa, y si a veces secaba sus lágrimas despaciosamente, otras se mordía los puños y se golpeaba el cráneo contra la pared. En los momentos de exaltación recorría la casa desde la sala a la cocina, entraba en todas las piezas, salía para volver a entrar, daba vueltas, y tropezaba y caía y se levantaba. Como entrara en la alcoba de Sola y viera su ropa, se abalanzó a ella, hizo con febril precipitación un lío, y oprimiéndolo contra su pecho cual si fuera el cuerpo mismo de la persona amada y fugitiva, exclamó así con lastimero acento:
—Ven acá, paloma... Ven acá, niña de mi corazón... ¿Por qué huyes de mí? ¿Por qué huyes del pobre viejo que te adora? Ángel divino, ángel precioso de mi guarda, cuya hermosura no puedo comparar sino a la de la diosa de la Libertad, circundada de luz y sonriendo a los pueblos; adorada hija mía, ¿en dónde estás? ¿No oyes mi voz? ¿No oyes que te llamo? ¿No ves que me muero sin ti? ¿No te sacrifiqué mi gloria?... ¡Ay!... Mi destino, mi glorioso destino ahora me reclama, y no puedo ir, porque sin ti soy un miserable y no tengo fuerzas para nada. Contigo al suplicio, a la gloria, a la inmortalidad, a los Elíseos Campos; sin ti a la muerte oscura, a la ignominia. Sola, Sola de mi vida, ¿en dónde estás? Dímelo, o revolveré toda la tierra por encontrarte.
Esto decía, cuando llamaron fuertemente a la puerta. Más ligero que una liebre fue y abrió... No era Sola quien llamaba: eran seis hombres, que sin fórmula alguna de cortesía se metieron dentro. Uno de ellos soltó de la boca estas palabras:
—¿No es este el viejo Sarmiento que predicaba en las esquinas?... Echadle mano mientras yo registro.
—¡Ah!... —exclamó don Patricio algo confuso—. ¿Son ustedes de la policía?... Sí, yo recuerdo..., conozco estas caras.
—Procedamos al registro —dijo solemnemente el que parecía jefe de los corchetes—. Toda persona que se encuentre en la casa, debe ser presa. Cuidado no se escape el abuelo.
—Quiere decir —balbució Sarmiento— que estoy preso.
—Ya se lo dirán allá —replicó el polizonte desabridamente—. Andando... Llévenme para allá al vejete, que aquí nos quedamos dos para despachar esto.
Según la orden terminante del funcionario (que era un funcionario vaciado en la común turquesa de los cazadores de blancos en aquella infame y tenebrosa época), Sarmiento fue inmediatamente conducido a la cárcel, y solo por un exceso de benevolencia, incomprensible y hasta peligrosa para la reputación de aquella celosa policía, le dieron tiempo para ponerse el sombrero, recoger el pañuelo y media docena de cigarrillos.
No se daba cuenta de lo que le pasaba el infeliz maestro, y durante el trayecto de su casa a la cárcel de Corte, que no era largo, fue con los ojos bajos, encorvado el cuerpo, las manos a la espalda, en un estado tal de confusión y aturdimiento, que no veía por dónde pasaba, ni oía las observaciones picarescas de los transeúntes. Cuando entraron en la cárcel, el anciano se estremeció, revolviendo los ojos en derredor. Su entrada había sido como el choque del ciego contra un muro, símil tanto más exacto cuanto que don Patricio no veía nada dentro de las paredes del lóbrego zaguán por donde se comunicaba con el mundo aquella mansión de tristeza y dolor.