Lleváronle al registro y del registro a un patio, donde había algunas personas que imploraban la misericordia de los carceleros para poder ver a los detenidos. Hiciéronle subir luego más que de prisa por hedionda escalera que se abría en uno de los ángulos del patio, y hallose en un largo corredor o galería, que parecía haber sido claustro, pero que tenía entonces tapiadas todas sus ventanas, sin dejar más entrada a la luz que unos ventanillos bizcos en la parte más alta.

Al entrar en la galería, Sarmiento oyó gritos, lamentos, imprecaciones. Era al caer de la tarde, y como la luz entraba allí avergonzada, al parecer, y temerosa, deteniéndose en los ventanillos por miedo a que la encerraran también, no era fácil distinguir de lejos las personas. Veíanse sombrajos movibles, los cuales, al acercarse a ellos, resultaban ser la simpática humanidad de algún calabocero que entraba en las celdas o salía de ellas.

Había centinelas de trecho en trecho, cuya vigilancia no podía ser muy grande, porque a cada instante les era forzoso apartar de las puertas de las celdas a personas importunas que iban a turbar la tranquilidad de los reos. Las llorosas mujeres, abusando de los miramientos que se deben a su sexo, molestaban a los señores cabos pidiéndoles noticias de tal o cual preso, dándoles cualquier recadillo verbal o encargo enojoso, como llevar pan a alguno de los muchos hambrientos que se comían los codos dentro de las celdas. En una de estas debía de estar encerrado un loco furioso, cuya manía era dar golpes en la puerta, con lo cual estaban muy disgustados los carceleros, hombres celosísimos de la paz de la casa. El dolor y la desesperación, callado el uno, ruidosa la otra, hacían estremecer las frágiles paredes, porque el mezquino edificio era indigno de la rabia que contenía, y a ser tal como a ella cuadraba, hubiera tenido más piedras que el Escorial y más hondos cimientos que el Alcázar de Madrid.

Sarmiento fue introducido en una pieza relativamente grande, cuya suciedad parecía resumen y muestrario de todas las suertes de inmundicia que los años y la incuria de los hombres habían acumulado en la indecorosa cárcel de Corte. En la zona más baja, una especie de faja mugrienta marcaba el roce de muchas generaciones de presos, de muchas generaciones de alguaciles, de muchas generaciones de jueces y curiales. Alumbrábala el afligido resplandor de un quinqué colgado del techo, que parecía acababa de oír leer su sentencia de muerte, y se disponía con semblante contrito a hacer confesión de sus pecados. Como el techo era muy bajo, y los allí presentes se movían de un lado para otro en torno al ajusticiado quinqué, las sombras bailaban en las paredes haciendo caprichosos juegos y cabriolas. En el fondo había la indispensable estampa de Su Majestad, y sobre ella un crucifijo cuya presencia no se comprendía bien, como no tuviera por objeto el recordar que los hombres son tan malos después como antes de la Redención.

Delante de Su Majestad en efigie y de la imagen de Cristo crucificado, estaba en pie, apoyándose en una mesa, no fingido, sino de carne y hueso, horriblemente tieso y horriblemente satisfecho de su papel, el representante de la justicia, el apóstol del absolutismo, don Francisco Chaperón, siempre negro, siempre de uniforme, siempre atento al crimen para confundirlo donde quiera que estuviese, en honra y gloria del trono, del orden y de la fe católica. Pocas veces se le había visto tan fieramente investigador como aquella noche. Parecía que el tal personaje acababa de llegar del Gólgota, y que aún le dolían las manos de clavar el último clavo en las manos del otro, del que estaba detrás y en la cruz, sirviendo de sarcástico coronamiento al retrato del señor don Fernando.

A la derecha estaban junto a una mesa media docena de diablejos vestidos con el uniforme de voluntario realista, y acompañados por el licenciado Lobo, prestos todos a sumergir las plumas dentro de los tinteros. La izquierda era ocupada por un banquillo pintado de color de sangre de vaca: en él se sentaba alguien a quien don Patricio no vio en el primer momento. El anciano no había salido aún de aquel estupor que le acometió al ser conducido fuera de su casa; miró con cierta estupidez al tremendo fantasma; miró después a toda la chusma curialesca que le rodeaba, al licenciado Lobo; miró al santo Cristo, al rey pintado, y por fin, clavando los ojos en el banco de color de sangre, vio a su adorada hija y compañera.

—¡Sola!... ¡Hija de mi alma!... —gritó con alegría—. ¡Tú aquí..., yo también..., parece que esto es la cárcel..., el suplicio..., la gloria..., mi destino!...

XVIII

Clarísima luz entró de improviso en la mente del afligido viejo; desaparecieron las percepciones vagas, las ideas confusas, para dar paso a aquella siempre fija, inmutable y luminosa, que había dirigido su voluntad durante tanto tiempo, llenando toda su vida moral.

—Ya estoy en mí —dijo en tono de seguridad y convicción—. Soledad..., ¡tú y yo en este sitio! Al fin, al fin Dios ha señalado mi día. ¿No lo decía yo?... ¿No decía yo que al fin vendría la hora sublime? ¡Destino honroso el nuestro, hija mía! He aquí que no solo heredas mi gloria, sino que la compartes, y los dos juntamente, unidos aquí como lo estuvimos allá, somos llamados...