—Silencio —gritó Chaperón bruscamente—. Responda usted a lo que le pregunto: ¿cómo se llama usted?

—Excusada pregunta es esa —repuso con aplomo y dignidad don Patricio—, pues todo el mundo sabe en Madrid y fuera de él que soy Patricio Sarmiento, adalid incansable de la idea liberal, compañero de Riego, amigo de todos los patriotas, defensor de todas las constituciones, amparo de la democracia, terror del despotismo. Soy el que jamás tembló delante de los tiranos, el que no tiene en su corazón una sola fibra que no grite libertad, y el que aun después de muerto sacará la cabeza de la sepultura para gritar...

—Basta —dijo Chaperón, notando que las palabras del reo provocaban murmullos—. Charlatán es el viejo... Responda usted. ¿Conoce a esta joven?

—¿Que si la conozco? ¡Que si conozco a Sola...! Si no temiera faltar al respeto que debo a todo juez, quienquiera que sea, diría que es necia pregunta la que vuecencia acaba de hacerme. Esta es mi hija adoptiva, mi ángel de la guarda, mi amparo, mi compañera de vida, de muerte, de cielo y de inmortalidad. Dios, que dispone todas las grandezas, así como el hombre es autor de todas las pequeñeces, ha dispuesto que este ángel divino me acompañe también ahora. ¡Admirable solución de la Providencia! Yo creí haberla perdido, y la encuentro junto a mí en la hora culminante de mi vida, cuando se cumple mi destino; aparece a mi lado, no para darme esos triviales consuelos que no necesita mi corazón magnánimo, sino para compartir mi sacrificio, y con mi sacrificio, mi gloria. Adelante, señores jueces, adelante. Acaben ustedes. Soledad y yo nos declaramos reos de amor a la libertad, nos declaramos dignos de caer bajo vuestras manos, y confesamos haber trabajado por el triunfo del santo principio, ahora y antes y siempre, porque para ello nacimos y por ello morimos.

Causaba diversión a los diablillos menores y aun al diablazo grande el desenfado del buen viejo, por lo cual no habían puesto tasa a la charla de este. Mas Chaperón, que deseaba concluir pronto, dijo al reo:

—¿Es cierto que esta joven recibió un paquete de cartas de los emigrados para repartirlas a varias personas de Madrid?

—¿Y eso se pregunta? —replicó Sarmiento como si admirara la candidez del vestiglo—. ¿Pues qué había de hacer sino trabajar noche y día por el triunfo de la sagrada causa?... ¿No he dicho que para eso nacimos y por eso morimos?

Soledad miraba con ojos muy compasivos a su amigo y al juez alternativamente. Mas pronto dejó de mirarlos y se reconcentró en sí misma, mostrando estoica indiferencia hacia aquel lúgubre diálogo entre un insensato y un verdugo. Había hecho ya con Dios pacto de resignación absoluta, y se entregaba a la voluntad divina, prometiendo no oponer ninguna resistencia a los accidentes humanos, ni aceptar otro papel que el de víctima callada y tranquila. Entre el instante en que la sacaron desmayada de la caverna del gran esbirro, hasta aquel en que le pusieron delante a su compañero de infortunio, habían pasado para ella horas muy angustiosas. Pero su espíritu se había rendido al fin, aceptando la fórmula esencial del cristiano, que es rendirse para vencer y perderse absolutamente para absolutamente salvarse. Si algún combate sostenía aún su alma, era porque el propósito de pensar solamente en Dios no podía cumplirse aún con rigurosa exactitud. Pensaba en algo que no era Dios; pero aun así, iba conquistando la tranquilidad y un pasmoso equilibrio moral, porque había arrojado fuera de sí valerosamente toda esperanza.

—Usted sabrá sin duda a quién venían dirigidas esas cartas —preguntó Chaperón a Sarmiento.

—¿Pues qué?... ¿Ella no lo ha dicho?... —repuso el anciano, nuevamente admirado de la ignorancia del tribunal—. Esto no puede considerarse como delación, porque esas personas son leales patricios que también anhelan llegue la coyuntura de sacrificarse por la libertad. Nosotros no tenemos secretos; nosotros, como los héroes de la antigüedad, lo hacemos todo a la luz del día. Fue preciso prestar un servicio a la santa causa, facilitando las comunicaciones entre todos los que conspiran dentro y fuera por hacerla triunfar, y lo prestamos, sí, señor, lo prestamos a la clarísima luz del sol, coram populo. Las cartas eran cuatro.