—Atención —dijo don Francisco acercándose a la mesa de los escribanos.
—Una era para don Antonio Campos, ese gran patriota que acaba de llegar de Tarifa y Almería; otra para un oficial de la antigua guardia, que se llama Ramalejo; la tercera venía dirigida a don Roque Sáez y Onís, y la cuarta a doña Jenara de Baraona.
—Muy bien —gruñó Chaperón, asemejándose mucho en su gruñido al perro que acaba de encontrar un hueso perdido—. Veo que el viejo y la niña son la peor casta de conspiradores que se conoce en Madrid.
—Sí —dijo Sarmiento con exaltación—, insúltenos usted... Eso nos agrada. Los insultos son coronas inmarcesibles en la frente del justo. Mire usted las espinas que lleva en su cabeza aquel que está en la cruz.
—Silencio —gritó Chaperón—. Veo que él es tan parlanchín como ella hipocritona. Ya sabemos lo de las cartas, linda pieza... Ahora el buen viejo nos informará de todas las particularidades que hayan ocurrido en la casa. ¿Tiene noticia de que entrara en estos líos don Benigno Cordero?
—¡Cordero! —exclamó Sarmiento con asombro—. Cordero es un hombre vulgar, un tendero, un quídam... ¿Cómo puede ser capaz semejante hombre de intervenir en un complot de esos que solo acometen las almas grandes y valerosas?
—¿Seudoquis fue muchas veces a la casa?
—Dos veces, dos. Para nada hay que mentar a Cordero. Nuestra gloria es nuestra, señor mío, y de nadie más. ¡Ay de aquel que intente quitarnos una partícula de ella, siquiera sea del tamaño de un grano de alpiste! Nosotros, nosotros solos somos los héroes, nosotros las víctimas sublimes. Fuera intrusos y gentezuela que se presenta en el festín de la gloria con sus manos lavadas, reclamando lo que no les pertenece ni han sabido ganar con su abnegación. ¡Nosotros solos, ella y yo, nadie más que ella y yo!
—El que enviaba las cartas —añadió don Francisco dando un paso hacia Sarmiento— ¿no hablaba de lo de Almería y Tarifa, ni de la revolución que estaban preparando?
—Nosotros —repuso Sarmiento con desdén—, no nos ocupamos de frívolos detalles. ¡Almería, Tarifa! ¿Qué vale eso ni qué significa? Hechos aislados que ni precipitan ni detienen el hecho principal, que es la victoria de la libertad. ¡Si al fin tiene que ser, si ha de venir tan de seguro como saldrá el sol mañana!... Que se frustre una intentona, que salga mal un desembarco, que fusiléis a trescientos o a mil o a un millón de patriotas..., nada importa, señores. Lo que ha de venir, vendrá. Si pretendéis atajarlo con patíbulos, vendrá más pronto. Los patíbulos son árboles fecundos, que con el riego de la sangre dan frutos preciosísimos. Echad sangre, más sangre; eso es lo que hace falta. Las venas de los patriotas son el filón de donde mana la nueva vida.