»No me habléis de conspiraciones parciales: yo no entiendo de eso. El que escribió las cartas, lo mismo que mi hija, lo mismo que yo, cooperamos con nuestra voluntad y nuestros deseos más íntimos y más ardientes en ese gran complot moral, cuyas ramificaciones se extienden por todo el mundo. ¡Ah!, señores, no conocéis la gran conspiración del tiempo. A ella pertenezco, a ella pertenecen todas vuestras víctimas... Ea, despachemos pronto. Basta de fórmulas y de procedimientos necios. El patíbulo, el patíbulo, señores, esa es nuestra jurisprudencia. De él hemos de salir triunfantes, trocados de humanos miserables en inmaculados espíritus. Lo mismo nos da que nos ahorquéis de esta o de la otra manera, más o menos noblemente. ¿A los mártires del circo romano les importaba que el tigre que se los comía tuviera la oreja negra o amarilla? No, porque no atendían más que a la sublime idea; lo mismo nosotros no atendemos más que a esta idea que nos lleva en pos del suplicio, la cual es como un fuego sacrosanto que nos embelesa y nos purifica. No tenemos ya sentidos, no sabemos lo que es dolor... ¡La carne!... ¡Ah!, no nos merece más interés que el despreciable polvo de nuestros zapatos. Adelante, pues. Cumpla cada uno con su deber: el vuestro es matar, el nuestro sucumbir carnalmente, para vivir después la excelsa, la inacabable y deliciosa vida del espíritu... Vamos allá: ¿en dónde, en dónde está esa bendita horca?

Había tanta naturalidad en las entusiastas expresiones del exaltado viejo patriota, y al propio tiempo un tono de dignidad tan majestuoso, que los empleados de la Comisión, así militares como civiles, no podían resistir al deseo de oírle. Aunque el sentimiento que a la mayoría dominaba era de burla con cierta tendencia a la compasión, no faltaba quien oyese al estrafalario viejo con un interés distinto del que comúnmente inspiran las palabras de los tontos. El mismo Chaperón se mostraba complacido, sin duda porque le divertía su víctima, haciéndolo mucho más barato que el célebre gracioso Guzmán, que empezaba su carrera en el teatro del Príncipe. Poro como la dignidad del tribunal no permitía tales comedias, don Francisco mandó al reo que diese por terminada la representación.

Los polizontes que se quedaron registrando la casa de Sola, aparecieron. Habían encontrado alguna cosa de gran valor jurídico; habían hecho provisión de pedacitos de papel, fragmentos de cartas, sin olvidar un polvoriento retrato de Riego, hallado entre los bártulos de don Patricio; dos o tres documentos masónicos o comuneros, y una carta dirigida al maestro de escuela. Examinolo todo ávidamente Chaperón, y lo entregó después a Lobo para que constase en el proceso. En tanto, don Patricio se acercaba a su compañera de infortunio y en voz baja le decía:

—Ánimo, ángel de mi vida, cordera mía. Que en esta ocasión solemne no deje de subir tu espíritu a la altura del mío. Inspírate en mí. Reflexiona en la gloria que nos espera y en el eco que tendrán nuestros sonorosos nombres en los siglos futuros, perpetuándose de generación en generación. ¿Por qué estás triste, y no alegre como unas castañuelas? ¿Por qué bajas los ojos en vez de alzarlos como yo, para tratar de ver en el cielo el esplendoroso asiento que nos está destinado? Tu destino es mi destino. Ambos están escritos en el mismo renglón. Hay gemelos del morir como los hay del nacer: tú y yo somos mellizos, y juntos saldremos del vientre de este miserable mundo a la inmensa vida del otro... Posible es que no lo comprendieras antes, niña de mis ojos; yo tampoco lo creía, y era engañado por hechos mentirosos. Tu proyecto de abandonarme era una ficción del destino para sorprenderme después con esta unión celestial. Mi entrada en tu casa, el amparo que me diste, ¿qué significan sino la preparación para estas nuestras bodas mortuorias, de las cuales saldremos unidos por siempre ante el altar de la glorificación eterna? Tú necesitas de mí para este santo objeto, así como yo necesito de ti... Bien sabía yo que conspirabas... ¡Y conspirabas por la santa libertad! Bendita seas... Serás condenada y yo también. ¡Seremos condenados!... ¿Ves cómo no es posible la separación? ¿Ves cómo lo ha dispuesto Dios así? Viviremos juntos eternamente. ¡Qué inefable dicha!... Solilla de mi vida, ten ánimo; que la flaca naturaleza corporal no soborne con sus halagos tu alma de patriota. Vive como yo la excelsa vida del espíritu. Desprécialo todo, mira al cielo, nada más que al cielo y a mí, que soy tu compañero de gloria, tu gemelo, tu segundo , a quien has de estar unida por los siglos de los siglos.

Soledad miró a su amigo. La serenidad, que en él provenía de un loco entusiasmo, provenía en ella de la resignación, ese heroísmo más sublime que todas las exaltaciones del valor, y al cual damos un nombre oscuro: lo llamamos paciencia, y germina como flor invisible y modesta en el alma de los que parecen débiles.

—Veo que no lloras —dijo don Patricio observando aquel semblante plácidamente tranquilo, a quien la virtud mencionada daba angelical hermosura—. No lloras, no estás demudada...

—¿Yo llorar? ¿Por qué?

—Así me gusta —exclamó Sarmiento con entusiasmo—. ¡Oh almas sublimes! ¡Oh almas escogidas! ¡Y pensar que os han de intimidar horcas y suplicios!... Señores jueces, aquí aguardamos la hora del holocausto. Llevadnos ya; subidnos a esos gallardos maderos que llamáis infamantes. Mientras más altos, mejor. Así alumbraremos más. Somos los fanales del género humano.

Chaperón mandó que los dos reos fuesen conducidos cada cual a su calabozo; mas como el alcaide manifestase la imposibilidad de ocupar dos departamentos, se dispuso que ambos gemelos de la muerte fuesen encerrados en un solo cuarto.

—Vamos —dijo don Patricio enlazando con su brazo la cintura de Sola.