Esta se dejó llevar. Cuando iban por la oscura galería, la joven huérfana oyó claramente en su oído estas palabras, dichas en voz muy baja, como un silbido:

—Señora, no se sofoque usted... Se hará un esfuercito por salvarla... Una persona que se interesa por usted..., que se interesa, sí..., me encarga de advertírselo.

Soledad volviose prontamente y vio unos ojos verdes y grandes, del tamaño de huevos. Estos ojos brillaban, reflejando la claridad del farol de los carceleros, en un semblante amojamado y partido en dos por la hendidura sonriente de la prolongada boca, casi vacía. En vez de tranquilizarse, Soledad tuvo miedo.

XIX

El licenciado Lobo, asesor privado del señor Chaperón, tenía su oficina en el ángulo más oscuro y apartado de la planta baja de la Comisión militar. Cubría el piso la estera más vieja, servíale de escritorio la mesa más rota que contaba entre sus propiedades el Estado, y el pupitre, el tintero, la estantería, denotaban con honrosa vejez haber acompañado en toda su larga vida a las antiguas covachuelas. Hasta el retrato de Fernando VII que decoraba la pared, era el más feo de toda la casa, y comido de polilla, no presentaba a la admiración del espectador más que los ojos y parte del cuerpo. Lo demás era una mancha irregular con grandes brazos al modo de tentáculos. Parecía un gran cefalópodo que estaba contemplando a su víctima antes de chupársela.

En el centro de este mueblaje, y encorvado sobre una mesa llena de descoloridos papeles, aparecía el leguleyo, cuya figura encajaba en tal marco como el cernícalo en su nido. La diestra pluma rasgueaba sin cesar, cual si fuera absolutamente imprescindible su actividad para la existencia de todo aquello, o como si fuera la clave cabalística de que dependían las imágenes del despacho, del retrato, de los muebles y del licenciado mismo. Cuando la pluma paraba, creyérase que todo iba a desvanecerse. A no ser porque en los ratos de descanso el asesor se ponía a tararear alguna tonadilla trasnochada de las del tiempo de la Briones y de Manolo García, se le hubiera tenido por momia automática, o por alma en pena a quien se había impuesto la tarea de escribir mil millones de causas para poderse redimir.

Al día siguiente de la prisión de Sarmiento, y cuando aún no había despachado regular porción de su faena de la mañana, una señora se presentó sin anunciarse en el escondrijo del asesor.

—¡Oh! señora... —exclamó Lobo suspendiendo la escritura—. No esperaba a usted tan tempranito. Hágame el obsequio de tomar asiento.

Ya la señora lo había hecho en la única silla que servía para el caso. Era la misma dama a quien vimos en el despacho de Chaperón, guapa si las hay, seductora de cara, cuerpo y apostura, tota totalitate hermosa. Envolvíase en un rico chal blanco, que a Lobo le pareció, sobre los lindos hombros y entre los brazos de verde vestidos, como el más gracioso capricho de la nieve entre las plantas de un jardín. Como a los viejos feos se les permite ser galantes, Lobo dijo que la cara de la señora era una rosa con la cual no se había atrevido la nieve, temiendo que una mirada la derritiera.

—Déjese usted de sandeces —dijo ella—. Yo vengo a salir de dudas.