—¿Respecto a esa jovenzuela que se delató a sí misma?... Confieso que es el primer caso que he visto desde que tengo esta nobilísima pluma en la mano. Por ella se interesa la señora.
—Mucho, muchísimo —repuso la dama con pena—. Anoche he tenido una pesadilla... No es la primera vez que sueño con ella... ¿Pues no he dado en soñar que soy verdugo y que la estoy ahorcando?
—Graciosísimo, señora mía, graciosísimo. ¿La conoce usted hace tiempo? ¿De qué procede ese interés tan vivo? Ella no demuestra tenerla a usted grabada en las telas de su corazón. Recordemos cómo declaró haberle entregado una de las cartas. Sin duda quería perderla a usted. ¡Infame víbora! ¡Y usted quiere favorecerla! ¡Oh generosidad inaudita!
—¡Ella me aborrece!
—Se conoce, sí, porque lo de la carta es una calumnia.
—No es una calumnia, no. Recibí la carta —dijo la señora suspirando—. Pero Chaperón me ha dicho que no seré molestada por ello. Mostraré la carta, si es preciso. No contiene nada que transcienda a conspirar.
—Todo sea por Dios —dijo Lobo con ademán distraído—. Pues se arreglará. Basta que usted se interese por ella, para que don Francisco sea benigno. Para él no hay más Dios que Calomarde, y como mi señora tiene felizmente todo el favor de nuestro querido ministro y también el de Quesada...
—No me fío yo del ministro —dijo la dama nublando su hermoso semblante con las sombras de la duda—. Muy amigo mío era don Víctor Sáez, y en Cádiz me prendió, como usted sabe. Aquello duró poco; pero fui maltratada del modo más grosero. En estos tiempos no hay que fiar de las amistades.
—No, no hay que fiar, señora mía —repitió Lobo riendo y bajando la voz como el que va a decir un secreto peligroso—. ¡Estamos en los tiempos más perros que se han visto desde que hay tiempos, y bregamos con la gente más mala que se ha visto desde que el hombre, esa infame bestia inteligente, apareció sobre la tierra! Empero usted conseguirá lo que desea. ¿Es cuestión de gratitud? ¿Ha recibido usted favores de esa infeliz o de su familia?
—No, no es eso —dijo la dama, mostrando que le importunaba la curiosidad del hombre de leyes—. Es cuestión de conciencia.