—¿Debe usted favores a esa desgraciada?
—No, ella me debe a mí un disfavor muy grande. Yo he sido mala, señor Lobo..., pero no, no soy tan mala como yo misma creo. No faltan voces en mi conciencia... Verdad es que tengo un genio arrebatado, que soy capaz en ciertos momentos... Vamos, lo diré: soy capaz hasta de coger un puñal...
La hermosa dama, moviendo su brazo como para matar, convirtiose por breve momento en una figura trágica de extraordinaria belleza.
—Pero estos furores me pasan —añadió pasándose la mano por los ojos—. Pasan, sí, y como Dios castiga y advierte... Yo he sido mala; pero no he cerrado mis ojos a las advertencias de Dios. No es posible siempre reparar el mal que se ha causado... Pero se me presenta ahora ocasión de hacer un bien, y he de hacerlo: quiero sacar de la prisión a esa joven.
—El señor don Francisco...
—No me fío yo del señor don Francisco. Es demasiado amigo de mi esposo para que yo haga caso de sus palabrejas corteses. Usted, usted puede arreglarlo fácilmente.
—¿Cómo?
—Componiendo la causa de modo que aparezca la reo tan inocente de conspiración como los ángeles del cielo, aunque no sé yo si Chaperón y Calomarde podrán convencerse de que los ángeles no conspiran.
—¡La causa, señora! —exclamó Lobo sonriendo con malicia.
—Sí; componer la causa, hombre de Dios; poner lo blanco negro y lo negro blanco.