—Pero, señora doña Jenara de mis pecados, si aquí no hay causas, ni jurisprudencia, ni ley, ni sentencia, ni testimonio, ni pruebas, ni nada más que el capricho de la Comisión militar y de la Superintendencia, sometidas, como usted sabe, al capricho más bárbaro aún de los voluntarios realistas. Si todo este fárrago de papeles que usted ve aquí es tan inútil para la suerte de los presos como los guijarros de que está empedrada la calle... ¡Si todo esto es vana fórmula; si yo escribo porque me pagan para que escriba; si esto es puramente lo que yo llamo pan de archivo, porque no sirve más que para llenar esa gran boca que está siempre abierta y nunca se sacia!... ¡Oh inocencia, oh candor pastoril! No hable usted de causas ni de procedimientos, porque si todo esto (señaló los legajos que en grandes pilas le rodeaban) se escribiera en griego, serviría para lo mismo que en castellano sirve: para nada... ¡Pobres ratones! ¡Y es tan inhumana la Sala que manda poner ratoneras para impedirles que se coman esto!

El licenciado, después que concluyó de hablar, siguió riendo un buen rato.

—En ese caso, emprenderemos la conquista de Chaperón.

—Cosa muy fácil, pero facilísima... Tenga usted de su parte a Calomarde y a Quesada, y échese a dormir, señora.

—Es que ahora —repuso la dama muy preocupada— dicen que apretarán mucho la cuerda y que no perdonarán a nadie.

—Sí; el gobierno necesita ahora más que nunca demostrar gran celo para perseguir a los liberales. Los voluntarios realistas le acusan de que ahorca poco.

—¡Qué horror!

—De que ahorca poco. Pues bien: el gobierno se verá en el caso de ahorcar mucho.

—¡Y a esa pobre joven...!

—Esa pobre joven... La verdad es que la causa, como causa de conspiración, es de las que más alto piden un desenlace trágico. Ahora me acuerdo de una circunstancia que favorece mucho su deseo de usted.