—¿Qué?
—Anoche nos han traído al que figura como cómplice de la tunantuela.
—¿Sarmiento?... Le conozco —dijo la señora desanimándose—. Es un pobre tonto, a quien la Comisión no puede considerar como reo.
—Poquito a poco. La ley está de tal modo redactada, que yo no me atrevería a absolverle. Puesto que la señora quiere que yo dé unos cuantos toques a la causa, se hará. Nada se pierde en ello. Verá usted cómo resulta que el culpable de todo es Sarmiento, y que la joven jamás ha roto un plato.
—Buena idea, si ese infeliz estuviese en su claro juicio, si tuviera responsabilidad...
—Allí está el quid. Anoche dijo Chaperón que iba a mandarle al Nuncio de Toledo. Puede que persista en esta humanitaria idea. Allá veremos... Ya sabe usted que la cabeza de mi jefe es una piedra berroqueña.
—Puede sostenerse —dijo la dama en tono humorístico— que su jefe de usted es uno de los hombres más brutos que han comido pan en el mundo.
—Señora —replicó Lobo como quien da expansión a un sentimiento contenido por el deber—, yo le aseguro a usted que no come cebada por no dar qué decir. Así anda el reino en manos de esta gente. Malaventurados los que se ven en la dura necesidad de servirle, como yo, por ejemplo, que pudiendo estar pavoneándome en una Sala del Consejo, cual lo piden mis merecimientos y servicios, me hallo reducido a la triste condición en que usted me ve. ¡Ay, señora de mi vida! —añadió haciendo pucheros—. Esto me pasa por haber sido una mala cabeza, por haber fluctuado entre los dos partidos sin decidirme por ninguno. Desde la guerra vengo haciendo quiebros como un bailarín, sin saber a qué faldón agarrarme. Mis vacilaciones, mi timidez natural, y, ¿por qué no decirlo?, mi honradez me han traído al estado en que me veo, simple secretario de un Chaperón, yo que llegué a posarme en la sala de Mil y Quinientas... ¡Y que no he pasado yo congojas en gracia de Dios!... (Al decir esto movía la cabeza como los muñecos que la tienen pegada al cuerpo por una espiral de alambre). ¡Sin destino, y teniendo que mantener esposa, dos suegras y once becerros mamones! Es verdad que Dios se llevó de mi casa a la gente mayor; pero vinieron nietecillos..., ¡y qué casorios los de mis hijas!... En fin, señora, me callo, porque si sigo hablando de mis lástimas ha de llorar hasta el tintero. ¡Qué hubiera sido de mí sin la pensión que me dio durante tres años el señor de Araceli, y sin el favor de personas generosas como usted y otras, a quienes viviré eternamente agradecido!... Pero me callo, positivamente me callo, porque si hablando siguiera...
—Una persona de tantas tretas como usted —manifestó Jenara, poco atenta a las lamentaciones del curial— puede ingeniarse para que yo vea satisfecho mi deseo. Estoy segura de no quedar descontenta.
—En estos tiempos, señora, ¿quién es el guapo que puede dar una seguridad? ¿No ve usted que todo está sujeto al capricho?