Jenara, vagamente distraída, contemplaba el cefalópodo formado por la humedad sobre el retrato del Monarca. De repente sonaron golpes en la puerta, y una voz gritó:
—El señor presidente.
—Con perdón de usted, señora —dijo levantándose—. Ya está ahí ese Judas Iscariote. Tengo que ir al despacho.
El licenciado salió un momento como para curiosear, y al poco rato volvió corriendo con su pasito menudo y vacilante.
—Señora —dijo a su amiga en tono de alarma—. Con Chaperón ha entrado el señor Garrote, su digno esposo de usted.
—¡Jesús, María y José! —exclamó la dama llena de turbación—. Me voy, me voy... Señor Lobo, ¿por dónde salgo de modo que no encuentre...?
—Por aquí, por aquí... —manifestó el curial guiándola fuera de la pieza por oscuros pasillos, donde había alcarrazas, muebles viejos y esteras sin uso...—. No es muy bueno el tránsito; pero saldrá usted a la calle de los Autores sin tropezar con bestias cornúpetas grandes ni chicas.
—Ya, ya veo la salida... Adiós; gracias, señor Lobo. Vaya usted luego por mi casa —dijo la señora recogiéndose la falda para andar más ligera.
Al poner el pie en el callejón, pasaba por delante de ella, tocándola, una figura imponente y majestuosa.
Cruzáronse dos exclamaciones de sorpresa.