—¡Señora!
—¡Padre Alelí!...
Era un fraile de la Merced, alto, huesudo, muy viejo, de vacilante paso, cuerpo no muy derecho, y una carilla regocijada y con visos de haber sido muy graciosa, la cual resaltaba más sobre el hábito blanco de elegantes pliegues. Apoyábase el caduco varón en un palo, y al andar movía la cabeza, mejor dicho, se le movía la cabeza, cual si su cuello fuera, más que cuello, una bisagra.
—¿A dónde va el viejecito? —le dijo la señora con bondad.
—¿Y usted de dónde viene? Sin duda de interceder por algún desgraciado. ¡Qué excelente corazón!
—Precisamente de eso vengo.
—Pues yo voy a la cárcel a visitar a los pobres presos. Dicen que han entrado muchos ayer. Ya sabe usted que auxilio a los condenados a muerte.
—Pues a mí me ha entrado el antojo de visitar también a los presos.
—¡Oh magnánimo espíritu!... Vamos, señora... Pero, tate, tate; no mueva usted los piececillos con tanta presteza, que no puedo seguirla. Estoy tan gotoso, señora mía, que cada vez que auxilio a uno de estos infelices, me parece que veo en él a un compañero de viaje.
Después de recorrer medio Madrid con la pausa que la andadura de su paternidad exigía, entraron en la cárcel. Al subir por la inmunda escalera, la dama ofreció su brazo al anciano, que lo aceptó bondadosamente, diciendo: