—Gracias... Si estos escalones fueran los del cielo, no me costaría más trabajo subirlos... Gracias; se reirán de esta pareja; ¿pero qué nos importa? Yo bendigo este hermoso brazo que se presta a servir de apoyo a la ancianidad.
XX
Chaperón entró en su despacho con las manos a la espalda, los ojos fijos en el suelo, el ceño fruncido, el labio inferior montado sobre su compañero, la tez pálida y muy apretadas las mandíbulas, cuyos tendones se movían bajo la piel como las teclas de un piano. Detrás de él entraron el coronel Garrote (de ejército) y el capitán de voluntarios realistas Francisco Romo, ambos de uniforme. En el despacho aguardaba, perezosamente recostado en un sofá de paja, el diestro cortesano de 1815, Bragas de Pipaón.
A tiro de fusil se conocía que el insigne cuadrillero del absolutismo estaba sofocadísimo por causa de reciente disgusto o altercado. ¡Ay de los desgraciados presos! ¡Si los diablillos menores temblaban al ver a su Lucifer, cómo temblarían los reos si le vieran!
Garrote y Romo no se sentaron. También hallábanse agitados.
—No volverá a pasar, yo juro que no volverá a pasar —dijo Chaperón dando una gran patada—. ¡Por vida del Santísimo Sacramento!..., vaya un pago que se da a los que lealmente sirven al trono.
Hubiérase creído que la estera era el trono, a juzgar por la furia con que la pisoteaba el gran esbirro.
—Todavía —añadió mirando con atónitos ojos a sus amigos— le parece que no hago bastante, que dejo vivir y respirar demasiado a los liberales. ¿Ha se visto injusticia semejante? «Señor Chaperón, usted no hace nada; señor Chaperón, las conspiraciones crecen y usted no acierta a sofocarlas. Los conspiradores le tiran de la nariz y usted no los ve...». «Pero señor Calomarde, ¿me quiere usted decir cómo se persigue a los liberales, a los comuneros, a los milicianos, a los compradores de bienes nacionales, a los clérigos secularizados, a toda la canalla, en fin? ¿Puede hacerse más de lo que yo hago? ¿Cree usted que esa polilla se extirpa en cuatro días?...». Pues que no: que para arriba y para abajo, que yo soy tibio, que soy benigno, que dejo hacer, que no tengo ojos de lince, que se me escapan los más gordos, que me trago los camellos y pongo a colar los mosquitos. Y vaya usted a sacarlos de ahí. Convénzales usted de que no es posible hacer otra cosa, a menos que no salgamos a la calle con una compañía y fusilemos a todo el que pase... Esta misma noche he de procurar ver a Su Majestad y decirle que si encuentra otro que le sirva mejor que yo en este puesto, le coloque en lugar mío. Francisco Chaperón no consentirá otra vez que don Tadeo Calomarde le llame zanguango.
—No hay que tomarlo tan por la tremenda —dijo Garrote con su natural franqueza, apoyándose en el sable—. Si el ministro y el rey se quejan de usted, me parece injusto... Ahora, si se quejan de la organización que se ha dado a la Comisión militar, me parece que están acertados.
—Eso, eso es —afirmó Romo sin variar su impasible semblante.