—No lo entiendo —dijo don Francisco.

—Es muy sencillo. Las Comisiones están organizadas de tal modo que aquí se eternizan las causas. Papeles y más papeles... Los presos se pudren en los calabozos... ¡Demonio de rutina! Para que esto marchara bien, sería preciso que los procedimientos fueran más ejecutivos, enteramente militares, como en un campo de batalla... ¿Me entiende usted?... ¿Se quiere arrancar de cuajo la revolución? Pues no hay más que un medio. (Al decir esto se puso en el centro de la sala accionando como un jefe que da órdenes perentorias). A ver, tú: ¿has conspirado contra el gobierno de Su Majestad? Pues ven acá... Ea, fusilarme a esta buena pieza. A ver, tú: ¿has gritado «Viva la Constitución»? Ven acá, te vamos a apretar el gaznate para que no vuelvas a gritar... Y tú, ¿qué has hecho? ¿Compraste bienes del clero? Diez años de presidio... Y nada más. Entonces sí que se acababan pronto las conspiraciones. Juro a usted que no se había de encontrar un revolucionario, aunque lo buscaran a siete estados bajo tierra.

Chaperón hundía la barba en el pecho, acariciándosela con su derecha mano.

—Lo que dice el amigo Navarro —afirmó Romo— no tiene vuelta de hoja. Nosotros los voluntarios realistas hemos salvado al rey. Los franceses no habrían hecho nada sin nosotros. Somos el sostén del trono, las columnas de la fe católica. Pues bien: dígase con franqueza si tenemos las preeminencias que nos corresponden. Los liberales nos insultan y no se les castiga.

Chaperón hizo un brusco movimiento. Iba a responder.

—Quiero decir que no se les castiga como merecen —añadió el voluntario realista—. En vez de tener absoluta confianza en nosotros, se nos quiere sujetar a reglamentos como los de la Milicia nacional. Nos miran con desconfianza..., ¿y por qué? Porque no permitimos que se falte al respeto a Su Majestad y a la fe católica; porque estamos siempre en primera línea cuando se trata de sofocar una rebelión o de precaverla. Nuestro criterio debiera ser el criterio del gobierno. ¿Y cuál es nuestro criterio? Pues es ni más ni menos que exterminio absoluto, no perdonar a nadie, cortar toda cabeza que se levante un poco, aplacar todo chillido que sobresalga. ¡Ah, señores!, si así se hiciera, otro gallo nos cantara. Pero no se hace. Aunque el señor Chaperón se enfade, yo repito que hay lenidad, mucha lenidad; que no se castiga a nadie; que las causas se eternizan; que dentro de poco los negros han de reírse en nuestras barbas; que así no podemos vivir; que peligra el trono, la fe católica... Y no lo digo yo solo: lo dice todo el instituto de voluntarios realistas, a que me glorio de pertenecer... Y estamos trinando, sí, señor Chaperón, trinando porque usted no castiga como debiera castigar.

El hombre oscuro emitió su opinión sin inmutarse, y las palabras salían de su boca como salen de una cárcel los alaridos de dolor sin que el edificio ría ni llore. Tan solo al fin, cuando más vehemente estaba, viose que amarilleaba más el globo de sus ojos y que sus violados labios se secaban un poco. Después pareció que seguía mascullando, como en él era costumbre, el orujo amargo de que alimentaba su bilis.

—Todo sea por Dios —dijo Chaperón, alzando del suelo los ojos y dando un suspiro—. ¡Y de tantos males tengo yo la culpa!... Ya verán quién es Calleja.

Diciendo esto se encaminó a la mesa. Ya el licenciado Lobo ocupaba en ella su puesto.

—A ver, despachemos esas causas —dijo al leguleyo.