—¿A dónde? —preguntó la de Cordero con viveza.
—A... otra parte —repuso la huérfana cayendo en la cuenta de que había sido indiscreta—. Todavía no hay nada de cierto.
—De modo que me quedaré sola... Pero muy satisfecha, muy oronda estás hoy.
Sola se echó a reír. Este era el desahogo de un espíritu a quien la prudencia imponía silencio absoluto. Cuando una alegría tiene en la boca de su cráter una gran piedra de discreción que la tapa y la ahoga, solo puede calmar su hervor riendo como los chicos y los tontos.
—Tú ríes y yo estoy desesperada —dijo la primorosa muñeca dando una patadita en el suelo y rompiendo de un tirón el hilo que tenía entre los dientes—. Solilla, anoche..., si supieras lo que me pasó anoche...
—¿Qué?
Este monosílabo lo pronunció Sola distraída y maquinalmente, porque tenía fija toda su atención en sí misma.
—¡Anoche!
—¡Anoche!... —repitió la amiga, volviéndose a tocar el pecho para ver si había perdido las cartas.
—Todavía no se me ha quitado el miedo —dijo Elena suspendiendo su obra para que ningún acto perjudicase a la expresión de lo que iba a decir—. Antes ese hombre me era muy antipático; pero ahora..., te juro que le aborrezco con toda mi alma.