—¡Pobrecito!... No, no; quiero decir que le está bien merecido... El señor Romo no cautivará a ninguna mujer. Sin ser feo, es tal que parece más feo que los que lo son adrede.
—Justamente, has dicho la verdad... El amigo de la casa se empeña en quererme y en que he de quererle yo. ¡Ay!, amiga, tienes razón en decir que ese hombre es malo... Hay en su cara una cosa... ¿qué es? Parece que va pasando por delante de él una máscara horrible que le hace sombra en la cara. ¿No es así?
—Así mismo es, así —dijo Sola mirándose en un espejo colgado frente a ella, y haciendo la observación de que no se encontraba tan poco bonita como antes creyera.
—Pues ve a decirle a mamá que Francisco Romo no es la flor y nata de los caballeros... Todo lo bueno lo hace el señor Romo... «¡Ay, cuándo vendrá el señor de Romo para contarle lo que nos pasa!...». «De este apuro nadie más que el señor de Romo puede sacarnos...». «Si el señor de Romo no nos devuelve a tu padre, tenlo por perdido...». Y dale con el señor de Romo.
—¿Por qué no le cuentas o tu madre lo que te pasa?
—No puedo... De ningún modo —dijo Elenita mostrando en su hermoso rostro perfilado la imagen de la mayor confusión—. ¡Ay, pobre de mí, qué desgraciada soy!... Sí, la más desgraciada de todas las mujeres.
Diciendo esto, la figurita de porcelana cayó en una silla y llevó a los ojos, acompañadas de un largo pañuelo, sus dos lindas manos. Alarmada Solita, acudió hacia ella y abrazola tiernamente, rogándole que explicase aquellas desgracias tan enormes que la abrumaban.
—Yo no puedo querer a Romo —afirmó esta sollozando— porque es muy feo, muy bastote, y porque no me gusta... ¿Qué culpa tengo yo de que otro me haya parecido mejor? Dime tú si cualquier mujer a quien le pongan delante a Francisco Romo y a Angelito Seudoquis puede dudar.
—¡Oh!, no, de ningún modo. Angelito Seudoquis se ha de llevar la palma.
—Pues está claro —dijo Elena, recibiendo gran consuelo con la declaración de su amiga—. El pobre muchacho es muy bueno, de noble familia, superior a nosotros, que somos tenderos; es honrado, caballero, muy fino, muy valiente, según él mismo me ha dicho..., y quiere casarse conmigo.