—No digas más, porque si sigue la cuenta, va a resultar que le has escrito cincuenta.
—Él pasaba todos los días por aquí... Yo sentía sus taconazos con el rechinchín de las espuelas, y me daba mucha lástima... No podía menos de asomarme... Un día me mandó con Reyes un papelito... En fin, en la última carta que le escribí...
—Eso es: vamos a la última.
—En la última carta le decía muchas bobadas... Como él es tan tierno y en las cartas pinta corazones ensartados chorreando sangre...
—¿Tu también le pintaste corazones?
—No..., pero le decía que Romo es un animal..., porque está celoso de Romo... También le decía que con él (es decir, con Angelito) o con nadie..., que me metería monja..., que el sepulcro me era más dulce que casarme con otro... En fin, esas cosillas que se dicen...
—¿Y nada más?
—Pero es el caso que la policía ha puesto preso a Angelito ayer por la mañana.
—¡Jesús, mujer!
—Sí —añadió Elena más acongojada—. Le han puesto preso porque parece que un hermano suyo que estaba emigrado en Inglaterra ha venido para conspirar. Le buscan, y como no pueden encontrarle, han cogido al hermanito..., y..., y...